La especialista de la UNR María Eugenia Prece trabajó en la restauración que le devolvió su imagen original al Monumento Nacional a la Bandera.

La preservación del patrimonio arquitectónico es una tarea que requiere ciencia, paciencia y un profundo respeto por la historia. Detrás de la reciente puesta en valor del Monumento Nacional a la Bandera, se encuentra la labor experta de María Eugenia Prece, Licenciada y Magíster en Bellas Artes, especialista en técnicas de conservación del patrimonio arquitectónico y en Teoría y Crítica del Arte por la Universidad Nacional de Rosario.

Su camino en el mundo de la restauración comenzó de manera casi fortuita en 1997, tras finalizar sus estudios en la Facultad de Humanidades y Artes. Mientras se ejecutaban las demoliciones para construir el Pasaje Juramento —el espacio que hoy vincula el propileo con la Catedral—, el profesor y escultor de la Facultad, Marcelo Castaño, la invitó a participar en la restauración de las esculturas de Lola Mora emplazadas en la nueva fuente. Esa experiencia inicial descubrió una vocación que la llevó a buscar formación en el exterior, logrando una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores de España.

En la Universidad de Alcalá de Henares tuvo el privilegio de formarse con los docentes que lideraron la recuperación del casco histórico de esa ciudad, así como de los planes directores de la Catedral de León, la Catedral de Vitoria y las etapas de retome de la monumental Sagrada Familia. De esa experiencia obtuvo un Máster en Gestión Cultural en Turismo, Patrimonio y Naturaleza del Instituto Universitario Ortega y Gasset de Madrid y un Máster en Restauración y Rehabilitación del Patrimonio en la Universidad de Alcalá.

Tras regresar definitivamente a la Argentina en el año 2005, comenzó a involucrarse en obras de alta complejidad arquitectónica. Trabajó en una constructora bajo la dirección de un ingeniero estructuralista en un proyecto dentro de la propia UNR: el interior de la torre de la Facultad de Derecho. El trabajo consistió en una intervención de consolidación completamente interna y no visible desde el exterior, sobre la enorme estructura de madera que soporta los últimos niveles del edificio, donde se alojan la máquina del reloj y el campanario. Esta obra fundacional le permitió aprender a “mirar los edificios” y a reconocer sus patologías estructurales más complejas.

Años más tarde, ya como fundadora de su propia empresa de restauración “Almapiedra SRL”, tuvo el orgullo de intervenir su casa de estudios, la Facultad de Humanidades y Artes. Durante la pandemia de COVID-19, abordó la puesta en valor de esta fachada de estilo neogótico. Al trabajar la piedra, el equipo pudo revelar la verdadera calidad constructiva, oculta por la falta de perspectiva visual, y la materialidad coherente de este histórico edificio universitario.

El desafío científico en el Monumento a la Bandera

Uno de los hitos más trascendentes de su carrera fue la restauración especializada de las esculturas y altorrelieves de travertino creados por Alfredo Bigatti y José Fioravanti. Intervenir este espacio no solo representó un desafío técnico, sino una inmensa responsabilidad emocional y simbólica.

El trabajo se estructuró bajo la premisa de la restauración científica y los acuerdos internacionales de la Carta de Atenas de 1931: no tocar nada sin investigar primero. Las etapas de esta monumental obra incluyeron un diagnóstico y relevamiento exhaustivo que evaluó, por percusión, placa por placa del propileo para analizar la adhesión a la base. En el análisis de patologías se descubrió que el mayor problema no era tan visible desde el exterior, sino que el ingreso de agua por las juntas había afectado la estructura interna de hormigón. Además, se comprobó que las placas del propileo, al ser más delgadas (4 cm) que las de la proa y la base de la torre (6 y 8 cm), sufrían mayores movimientos y desprendimientos.

Las esculturas presentaban también una intensa pátina carbonosa y biológica, producto de los microorganismos alojados en la porosidad del travertino por el tránsito vehicular continuo. Para no dañar el material original, se combinaron tres métodos tras un minucioso análisis químico: una limpieza mecánica que permitió remover los depósitos superficiales con precisión sin comprometer la superficie original. Una limpieza química en la que se aplicaron biocidas generales y cataplasmas con productos específicos ajustados al tipo de organismo presente para disolver concreciones resistentes. Y una  limpieza con vapor que logró alcanzar la profundidad de la porosidad del travertino sin generar tensiones en el material.

Durante la consolidación estructural se colocaron cientos de anclajes epoxídicos hundidos, según un plano de intervención específico, para sujetar las placas con riesgo de desprendimiento.

El tratamiento de las juntas fue crucial tanto a nivel estructural como visual. Las juntas originales cementicias de las placas se habían degradado y tomado erróneamente con silicona y productos incompatibles en el pasado. Todo este material fue retirado y reemplazado por compuestos con polímeros que permiten una mayor dilatación térmica. En el caso de los colosos esculpidos en bloques de piedra, aunque originalmente los escultores no habían tomado las juntas, el equipo decidió intervenir debido a la gran acumulación biológica y a los movimientos detectados, especialmente en la escultura del Río Paraná. Para ello, se fabricó en obra un mortero específico de piedra molida, marmolina, cemento blanco y cal, devolviéndole a los conjuntos escultóricos la homogeneidad visual pensada hace casi un siglo.

El objetivo final fue que el monumento se viera exactamente como Ángel Guido, Bigatti y Fioravanti lo concibieron. Para garantizar esta durabilidad, se importó y aplicó un producto inorgánico e hidrofugante nanotecnológico en los pasajes laterales y la base de la torre. Este producto actúa a escala nanométrica con un gran anclaje iónico, repeliendo el agua e inhibiendo los microorganismos sin formar películas visibles ni alterar la transpirabilidad de la piedra, manteniendo su condición inocua y reversible.

El valor de la memoria

Para María Eugenia Prece, su trabajo trasciende la mera intervención técnica. Es una labor interdisciplinaria donde el arte convive con la historia, la química, la física, la ingeniería y la arquitectura. “La restauración es guardar memoria, memoria material, memoria inmaterial, porque hay edificios que guardan historias. Es fundamental para la identidad de cualquier sociedad”, afirma.

Entiende que la ciudad cuenta con diversas capas de historia, desde los academicismos de fines del siglo XIX y principios del XX hasta el art decó y el racionalismo moderno. “Creo que lo que no podemos hacer como sociedad es pasarle por encima sin dejar registro, porque es como pisotear nuestra propia memoria”, reflexiona.

En este sentido, la especialista destaca la política pública que sostiene la Universidad Nacional de Rosario. La inversión y el esfuerzo constante por conservar sus edificios históricos representan un ejemplo a seguir a nivel institucional. “No se trata solo de conservar piedras o mármoles, sino de custodiar la información que portan y la memoria que acumularon. Porque, en definitiva, lo que nos identifica merece perdurar en el tiempo”, concluye.

Periodista: Victoria Arrabal