El historiador de la UNR Carlos Álvarez reconstruye los orígenes de la organización trabajadora en la región como parte del libro “El 1° de mayo en Argentina: una visión federal a 140 años de los mártires de Chicago.”
El 1° de mayo no es solo una fecha en el almanaque de feriados nacionales. Es la única efeméride de alcance mundial y carácter laico que logra unificar a los hombres bajo una misma identidad: la de quienes trabajan. El Magíster en Historia de la Universidad Nacional de Rosario e investigador del ISHIR/CONICET desanda los pasos de una clase trabajadora que encontró en Rosario un escenario pionero, vibrante y por momentos intimidatorio para las élites de finales del siglo XIX.
Rosario no fue una ciudad más en el mapa del movimiento obrero. En 1890, cuando se realizó la primera convocatoria mundial del 1° de mayo por la jornada de ocho horas, fue una de las pocas localidades argentinas en sumarse al reclamo. Para entenderlo hay que observar su crecimiento explosivo. Por aquel entonces era una pequeña urbe que crecía de manera logarítmica: su tasa demográfica se multiplicó por diez entre el primer y el tercer censo nacional lo que la posicionaba como la segunda ciudad más grande de Argentina.
“Buena parte de esa población, casi el 50%, era de origen inmigrante”, explica Álvarez. “En esos barcos no solo venían brazos para el trabajo, sino ideas y experiencias de lucha. Venían escapando de las leyes antisocialistas de Bismarck en Prusia, de la unificación italiana, de la derrota de la Comuna de París o de la restauración monárquica en España”.
Ese crisol de militancia transformó a la ciudad en un laboratorio de organización. Mientras la mayoría trabajaba en pequeñas unidades productivas -panaderías, sastrerías o zapaterías-, grandes focos como la Refinería Argentina de Azúcar y el eje ferroviario-portuario empezaron a nuclear a miles de obreros bajo una misma bandera: la jornada de ocho horas. Ese reclamo que hoy parece naturalizado era, a finales del siglo XIX, una utopía que se pagaba con sangre. En Rosario, los panaderos, zapateros, sastres, herreros y ferroviarios trabajaban entre 12 y 16 horas diarias en condiciones de salubridad deplorables.
El camino no fue lineal. El año 1890 fue un punto de inflexión cargado de dramatismo. Mientras nacían figuras políticas como Juan B. Justo, Lisandro de la Torre y Leandro Alem, Argentina se hundía en una crisis financiera que derivó en la renuncia del presidente Juárez Celman. Por primera vez, el país conoció la desocupación masiva y las tasas migratorias se volvieron negativas: se iba más gente de la que entraba.
“Esa crisis deprimió la capacidad de lucha por unos años”, señala el historiador. Sin embargo, la recuperación fue rápida. Para 1896, la “Huelga Grande” de los ferroviarios de Tolosa se extendió por solidaridad a todo el país, funcionando como el motor que decantaría, en 1901, en la creación de la Federación Obrera Argentina (FOA), la primera central nacional y antecesora directa de la actual CGT.
El reclamo obrero no se agotaba en el sueldo. El concepto de “derecho” era aún difuso en una matriz estatal liberal que se negaba a intervenir. Lo que los trabajadores exigían era condiciones de vida dignas frente a lo que las élites llamaban, con eufemismo, la “cuestión social”. “Vivían en conventillos, compartiendo un solo baño entre siete u ocho familias, sin agua potable ni cloacas”, relata Álvarez. Esa tensión se trasladaba a las calles.
La investigación logra rastrear estas tensiones a través de fuentes fragmentarias y, a veces, curiosas. Recurre a la prensa, a emprendimientos editoriales de los propios trabajadores, a diarios de corrientes ideológicas representativas del socialismo, el anarquismo, facciones dentro de ellos y fuentes documentales como expedientes municipales y ordenanzas.
Un dato revelador fue la prohibición del uso de bombas de estruendo tras el 1° de mayo de 1890. “Los trabajadores marcharon desde Plaza López hacia la Quinta Hattelman (Hoy Puerto Norte), pero se desviaron por calle Buenos Aires para pasar frente a la Catedral, la Municipalidad y la Jefatura de Policía que estaba en el actual Correo. Esa procesión intimidatoria, con bombas de estruendo y cánticos, forzó al poder político a legislar sobre el uso del espacio público y quedó esa huella en los registros”, relata.
Esta investigación es parte del libro recientemente publicado “El 1° de Mayo en Argentina: una visión federal a 140 años de los Mártires de Chicago” compilado por Carlos Alvarez y Diego Ceruso. La obra se propone aportar conocimiento sobre la disputa de sentidos en torno al 1° de Mayo a partir de seis estudios articulados desde una perspectiva federal y transfronteriza que recupera la vitalidad de los trabajadores más allá del centralismo porteño.
El capítulo sobre la Patagonia aborda la unidad obrera por encima de la frontera con Chile en la cordillera. El del Noroeste, la hegemonía anarquista y las disputas ideológicas en los años 20. El de Mendoza, la irrupción protagónica de las mujeres en las conmemoraciones de los años 30. Los de Buenos Aires y Córdoba, la transición del sentido combativo hacia la mirada “celebratoria” que cristalizaría el peronismo en la década del 40.
El primer tomo se presentará el lunes 4 de mayo en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, bajo el sello del Grupo Editor Universitario, en la colección “Pasado y Presente de la Clase Trabajadora”. Se prevé un segundo tomo para fin de año que abordará la segunda mitad del siglo XX.
Para Carlos Álvarez, la historia de los trabajadores no es un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta para el presente. En un contexto de reconversión laboral, marcado por la inteligencia artificial y debates sobre reformas que tensionan conquistas históricas, la historia funciona como un despertador e invita a la reflexión.
“Es vital entender que los derechos laborales no fueron regalos ni dádivas de ningún gobierno; fueron conquistas obreras fatigosas, lentas y muchas veces pagadas con sangre”, advierte. Para el investigador, el 1° de Mayo nos invita a reflexionar no sobre el pasado lejano, sino sobre nuestra propia condición de trabajadores en un siglo XXI confuso. “Es una fecha que nos ancla en nuestra propia historia, independientemente de las ideologías. Nos recuerda que lo que se consiguió en décadas de lucha, también se puede perder”.
Periodista: Victoria Arrabal
