La historiadora de la UNR Sofía Roizarena fue distinguida por una investigación que derriba mitos sobre el rol de la mujer en el campo argentino.
Becaria del Conicet e investigadora del ISHIR, Sofía Roizarena fue galardonada con el Premio TOYP 2025. Su trabajo reconstruye la historia de mujeres que, hace un siglo, manejaron imperios agropecuarios de 45.000 hectáreas, desafiaron a gobernadores y gestionaron negocios millonarios, aunque la historia oficial solo las recordara por sus obras de beneficencia.
La imagen es un clásico de la iconografía nacional: el estanciero, el peón, el gaucho. Un universo de hombres forjando la riqueza de la nación a lomo de caballo. Si aparecía una mujer, lo hacía en la galería de la estancia, sirviendo el té o bordando, ajena a los rústicos negocios de la tierra. Sin embargo, esa postal está incompleta. Detrás de los telones de la Pampa Gringa, existieron mujeres que no solo habitaron el campo, sino que lo gobernaron con pulso firme.
Recuperar esas historias silenciadas es la misión de Sofía Roizarena, licenciada en Historia y becaria del CONICET en el Instituto de Investigaciones Socio-históricas Regionales (ISHIR). Su labor, que combina la rigurosidad del archivo con una necesaria perspectiva de género, fue reconocida el pasado jueves 27 de noviembre durante la ceremonia de los Premios TOYP 2025 (Ten Outstanding Young Persons). Allí, las cámaras Junior de Rosario y Casilda la distinguieron en la categoría de “Liderazgo y Logros Académicos”, señalándola como una de las diez jóvenes sobresalientes de la provincia de Santa Fe.
Un linaje de mujeres invisibles
El germen de la investigación de Roizarena tiene un tinte casi cinematográfico, nacido de la memoria familiar. Sus abuelos vivieron y trabajaron en una estancia del sur de Córdoba que, curiosamente, fue propiedad de dos mujeres: Dolores Cobo y su hija. Mientras la historiografía académica le decía que las mujeres delegaban el poder, la tradición oral de los viejos trabajadores de la estancia contaba otra cosa: hablaban de “las patronas” con una mezcla de deferencia, lealtad y respeto profesional que no encajaba con la figura de una dama pasiva.
“Mujeres en el campo hubo siempre. El problema fue el relato que las invisibilizó”, explica Roizarena. Su investigación, que abarca el período de 1910 a 1966, se centra en la historia empresarial, una disciplina que busca entender cómo se gestionaba el capital más allá de las anécdotas.
Al sumergirse en los archivos, Roizarena se encontró con un obstáculo epistemológico: las fuentes mentían, o al menos, ocultaban la verdad económica. Si uno revisa las revistas de la época, como el popular semanario Caras y Caretas, estas mujeres de la élite aparecían en las páginas sociales, destacadas por su filantropía, su religiosidad o sus viajes a Europa. Nadie mencionaba sus negocios.

Sin embargo, al cruzar esos datos con archivos judiciales, sucesiones y testamentarias, emergió la otra cara de la moneda. Dolores Cobo no solo heredó tierras; tras enviudar, tomó el control directo de 45.000 hectáreas. Lejos de arrendar los campos para vivir de rentas —lo que se esperaba de una mujer para “minimizar riesgos”—, se volcó a la producción ganadera, especializándose en la cría de la raza Hereford y expandiendo su patrimonio. “Si esto se viera en el caso de un varón, estaríamos hablando de una trayectoria empresarial sumamente exitosa”, sentencia la investigadora.
Uno de los puntos más fascinantes que arroja el trabajo de Roizarena es el análisis de la condición civil. Antes de la reforma del Código Civil de 1926, la mujer casada en Argentina era, a efectos legales, casi una menor de edad: no podía administrar sus propios bienes sin permiso del marido.
En este contexto, la muerte del esposo se convertía, paradójicamente, en una liberación administrativa. “La categoría de viuda permitía tener un marco de autonomía que la mujer casada no tenía”, detalla la historiadora. Fue en ese estado civil donde figuras como la madre de Dolores Cobo, Inés Salas, y luego la propia Dolores, desplegaron su capacidad de liderazgo, tomando decisiones de inversión y gestión que sus maridos, en vida, habían monopolizado.
Este poder no era solo tranqueras adentro. La investigación de Roizarena, que forma parte de su tesis de maestría, documentó un litigio extraordinario en la década del 30. Cuando el gobernador de Córdoba, Amadeo Sabatini, impulsó impuestos progresivos contra el latifundismo, Dolores Cobo no se quedó de brazos cruzados. Llevó a la provincia a juicio alegando que las tasas eran confiscatorias. El caso escaló hasta la Corte Suprema de la Nación, donde la estanciera obtuvo un fallo favorable, demostrando que su influencia política y sus redes de contacto (estaba emparentada con los Anchorena) eran tan letales como las de cualquier patriarca de la Sociedad Rural.

El valor de las Humanidades en tiempos de crisis
El reconocimiento del Premio TOYP llega en un momento particular para la ciencia argentina. Roizarena confiesa que la distinción fue un “alivio” frente a los discursos que cuestionan la utilidad de las investigaciones en ciencias sociales. “Uno a veces se pregunta si lo que hace tiene repercusión en la realidad. Este premio confirma que nuestra ciencia sirve”, reflexiona.
La vigencia de su trabajo se confirmó en la misma ceremonia de premiación. Una mujer se le acercó y se presentó como “productora agropecuaria”, confesándole que siempre pensó que el rol de la mujer era secundario. “Todavía hoy, muchas mujeres rurales dicen ‘yo acompaño a mi marido’, cuando en realidad están trabajando a la par. No hay una conciencia de que eso es trabajo porque no siempre es remunerado”, analiza Roizarena. Su tesis, entonces, no solo habla de 1920, sino que interpela la identidad de las mujeres de campo del 2025.
Lejos de cerrar el capítulo, la historiadora impulsa nuevas líneas de investigación para su doctorado y ya tiene la mira puesta en la otra rama de la familia, donde la historia se vuelve más oscura y dramática.
El nuevo foco está puesto en un caso de 1914 que escandalizó a la sociedad porteña: una heredera de la familia Cobo que, tras solicitar el divorcio de su esposo (un Anchorena), fue demandada por él bajo la figura de “insania”. En aquella época, declarar “loca” a una mujer era el recurso legal más efectivo para quitarle la administración de sus bienes. El desenlace fue trágico, con el suicidio de ella y el marido quedándose con la fortuna.
“Uno no se tiene que quedar en lo anecdótico”, advierte Roizarena, “pero esos casos extremos nos permiten ver cómo operaba el sistema patriarcal cuando una mujer intentaba salirse del molde”.
Con antecedentes que incluyen el premio de la Academia Nacional de la Historia (2023) y una estancia de investigación en la Universidad de los Andes en Colombia, Sofía Roizarena se consolida como una referente de la renovación historiográfica. Su trabajo nos recuerda que la historia económica argentina no se escribió solo con la firma de hombres, sino también con la de viudas tenaces que, entre el luto y los negocios, supieron ser dueñas de su propio destino.
Periodista: Victoria Arrabal
