El geofísico Iván Novara explicó por qué ocurrieron los sucesos registrados en Venezuela, las consecuencias de los mismos, la diferencia entre este y el producido en Colombia, como así también, qué desafíos de prevención enfrentan las zonas sísmicas, incluídas las de Argentina.

El pasado 24 de junio, Venezuela fue sacudida por dos terremotos de gran magnitud que ocurrieron con apenas 40 segundos de diferencia. El epicentro se ubicó en la región centro-norte del país y los daños más severos se registraron en el estado de La Guaira, aunque el impacto también se sintió con fuerza en Caracas y otras localidades. Las consecuencias fueron devastadoras tanto en el plano estructural como en el social.

Ivan Novara es docente de la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura. Desde hace un tiempo comunica contenidos sobre geofísica, terremotos, volcanes y otros fenómenos de las ciencias de la Tierra a través de su cuenta de Instagram @ciencia_a_tierra. Conforme a lo sucedido, explicó las razones y consecuencias reales de este fatídico desastre natural.

Aunque los terremotos de gran magnitud suelen asociarse a zonas como Chile o Japón, donde una placa tectónica se introduce por debajo de otra, el mecanismo que dio origen al sismo en Venezuela es diferente. Según explicó el Doctor en Física Iván Novara, en este caso el fenómeno responde a la interacción entre la placa del Caribe y el continente sudamericano, cuya dinámica genera otro tipo de fallas geológicas.

“Estamos acostumbrados a los sismos de la frontera de Chile o Japón porque allí una placa se mete por debajo de la otra. En Venezuela ocurre algo distinto: los Andes pierden altura y continúan con una falla transcurrente, donde la placa del Caribe roza de manera horizontal al continente. Ese desplazamiento lateral acumula tensiones que, al liberarse, pueden producir terremotos de gran magnitud”, detalló el especialista.

Ivan Novara es docente de la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura.

Novara señaló que la principal diferencia entre esta región y otras zonas de intensa actividad sísmica radica en el tipo de movimiento que presentan las placas tectónicas. En el norte de Venezuela predomina un desplazamiento horizontal, asociado a las fallas de San Sebastián, lo que hace que, en términos generales, los terremotos sean menos frecuentes y de menor magnitud que los registrados en zonas de subducción.

“Allí el límite entre placas es transcurrente, es decir, predomina un roce horizontal y no un enfrentamiento frontal. Por eso los grandes terremotos son menos frecuentes. El último evento de estas características había ocurrido en 1900”, explicó. Sin embargo, advirtió que “en una región sísmica es saludable que existan movimientos pequeños y frecuentes, porque liberan gradualmente la energía acumulada. Cuando eso no ocurre, la energía puede acumularse durante décadas y liberarse de una sola vez. Eso fue, justamente, lo que sucedió en Venezuela”.

Asimismo, aclaró que los dos sismos registrados con apenas 40 segundos de diferencia fueron eventos independientes y no un terremoto seguido de su réplica. “El primero fue de magnitud 7,8 y el segundo de 7,6. Es posible que se hayan producido sobre estructuras geológicas vinculadas, aunque eso deberá confirmarse con estudios científicos. Si finalmente se determina que ocurrieron sobre fallas distintas, técnicamente el segundo no se considera una réplica”.

Novara señaló que, aunque hoy es posible detectar zonas donde se acumula energía, todavía no se puede predecir con exactitud cuándo ocurrirá un sismo. “Las herramientas satelitales permiten observar deformaciones muy pequeñas en la superficie terrestre que indican una acumulación de energía. Lo que todavía no podemos determinar es el día exacto en que se producirá un terremoto”, explicó. Además, destacó que en China ya se desarrollan investigaciones con satélites basadas en gravimetría para mejorar la capacidad de predicción, “aunque esos estudios todavía están en una etapa muy incipiente”.

Imagen del terremoto en Venezuela tomada por Fernando de la Orden. Enviado especial Diario Clarín.

En ese marco, el especialista advirtió que la vigilancia de las zonas con actividad tectónica también es clave para Argentina. Explicó que el otro extremo de la placa Sudamericana pasa cerca de Ushuaia, donde se encuentra la falla Fagnano-Magallanes. Allí se registró en 1949 un terremoto de magnitud 7,8, similar al ocurrido recientemente en Venezuela. “Tranquilamente este episodio podría haberse desarrollado ahí. Por suerte, la falla está ubicada a 100 kilómetros de la ciudad de Ushuaia, por eso no corre un peligro sísmico grande a diferencia del caso de Venezuela que se ubica bien por debajo de las ciudades afectadas. Sin embargo, es un lugar al que siempre debemos prestar atención”.

También se refirió a otro dato que surgió en las últimas semanas y encendió las alarmas: la presencia de la falla de Sierra Chica por debajo de la central nuclear de Río Tercero, en Córdoba. Si bien explicó que las fallas de esta provincia presentan períodos de recurrencia mucho más extensos, de cientos de años, y, por lo tanto, la probabilidad de que se produzca allí un sismo de gran magnitud es menor que en las zonas cercanas a los Andes, remarcó la importancia de conocer esta situación. “Lo positivo es que ahora ya lo sabemos y tenemos tiempo para que mañana se tomen acciones”, sostuvo. En ese sentido, planteó la posibilidad de reforzar la estructura para garantizar su resistencia sísmica o, si fuera necesario, desmantelarla.

Estar preparados

El impacto de un terremoto no depende solo de su magnitud, sino también del nivel de preparación de la sociedad. Novara destacó el caso de San Juan, donde el terremoto de 1944 impulsó la reconstrucción de la ciudad bajo normas sismorresistentes. Cuando en 1977 ocurrió otro gran sismo, la cantidad de víctimas fue mucho menor, lo que demostró la eficacia de estas medidas. “Hoy San Juan es un ejemplo internacional, con edificios sismorresistentes y una verdadera cultura sísmica, basada en la educación y protocolos que la población conoce desde la escuela”, explicó. 

Hace algunos días, el Colegio de Ingenieros de Mendoza informó que alrededor del 30% de las construcciones de la provincia no cumple con las normas sismorresistentes. En este sentido, el docente de la UNR puntualizó que el crecimiento urbano y la autoconstrucción representan un desafío para la seguridad edilicia. “El fenómeno de la autoconstrucción es un caballo de Troya para Argentina”, advirtió.

El especialista consideró que estas políticas resultan fundamentales en regiones con riesgo sísmico conocido y sostuvo que, en el caso de Venezuela, el problema no pasa por la falta de conocimiento científico, sino por la ausencia de inversiones sostenidas en prevención. “Los geólogos saben desde hace años que es una zona que debe ser tenida en cuenta. El desafío no es científico, sino de decisión política: el Estado tiene que invertir en infraestructura, hacer cumplir las normas de construcción y preparar a la población. Sí se puede reducir el impacto de un terremoto; de hecho, es un tema que hoy forma parte de la formación de los futuros ingenieros”.

También aclaró que la magnitud de un terremoto expresa la energía liberada y no necesariamente cómo es percibido por la población. En ese sentido, remarcó que la escala es logarítmica, por lo que pequeñas diferencias numéricas representan incrementos muy importantes en la energía del evento. “La magnitud determina de manera objetiva cuánta energía libera un terremoto, no lo que siente la gente. Para tener una referencia, un sismo de magnitud 6 equivale aproximadamente a la energía liberada por una bomba de Hiroshima, mientras que uno de magnitud 7,5 representa unas 180. Esto se debe a que la escala no es lineal: por cada grado de magnitud, la energía liberada se multiplica aproximadamente por 32. Ese dato puede determinarse prácticamente de inmediato”, explicó el doctor en Física.

Un caso distinto: el sismo de Colombia

El 10 de agosto, Colombia fue afectada por un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en las proximidades de San José del Palmar, en el departamento del Chocó. El sismo dejó más de 300 muertos, miles de personas sin servicios de electricidad, agua y gas y pérdidas económicas millonarias.

Novara explicó que este fenómeno no está relacionado con el ocurrido en Venezuela, ya que ambos sismos respondieron a mecanismos diferentes. “El de Venezuela es un sismo de falla transcurrente y muy superficial. En cambio, el sismo de Colombia ocurrió a unos 100 kilómetros de profundidad. Es lo que se denomina un sismo intraplaca, es decir, que se produjo dentro de la propia placa. Es el fondo oceánico hundiéndose por debajo del continente sudamericano”, explicó.

Este proceso puede generar sismos cuando, a determinada profundidad, la temperatura provoca la deshidratación de la placa. “No son fenómenos tan comunes. El sismo impactó en todo el territorio colombiano debido a su gran profundidad, pero afectó especialmente al sector cafetero”, señaló el especialista.

Novara también destacó que la magnitud de un sismo no determina por sí sola el nivel de destrucción en la superficie. “Una cosa es la magnitud del sismo y otra es la destrucción en el terreno”, explicó. En este sentido, señaló que en Venezuela, La Guaira, una zona con abundantes sedimentos, fue uno de los sectores más afectados. En Colombia ocurrió algo similar en los valles donde se concentran este tipo de materiales.

“Cuando la onda sísmica llega a los sedimentos, disminuye su velocidad, pero, para conservar su energía, tiene que incrementar su amplitud. Eso genera este tipo de fenómenos destructivos”, resaltó.

Las secuelas invisibles

Más allá de las víctimas y los daños materiales que deja un terremoto, Novara advirtió sobre un aspecto menos visible, pero igualmente trascendente: las consecuencias sanitarias y sociales que pueden extenderse durante años. En ese sentido, citó un estudio publicado en 2024 que analizó grandes desastres naturales ocurridos en Estados Unidos entre 1930 y 2015 y concluyó que sus efectos sobre la mortalidad persisten mucho tiempo después de la emergencia.

“El trabajo demuestra que, en promedio, durante los 15 años posteriores a un gran desastre natural siguen muriendo personas como consecuencia indirecta del evento. No es por el terremoto o el huracán en sí, sino porque se interrumpen tratamientos médicos, los hospitales quedan destruidos, muchas familias se desarman, aumentan la depresión y los problemas psiquiátricos, y aparecen múltiples problemas de salud asociados. Este estudio fue realizado sobre huracanes en Estados Unidos, pero la lógica puede extenderse a otros grandes desastres. Incluso, si se hiciera un análisis similar en América Latina, es muy probable que ese período fuera aún mayor, porque nuestros sistemas de respuesta y recuperación son más limitados”, concluyó.

Periodista: Gonzalo J. García / Fotógrafa: Camila Casero.