La Dra. en Historia de la UNR Paula Sedrán reconstruye los sentidos dominantes sobre el consumo de alcohol en Santa Fe y explora cómo las bebidas alcohólicas funcionaron como una “moneda de cambio moral” para juzgar y controlar a diferentes sectores sociales.

El consumo de bebidas alcohólicas es un fenómeno presente en sociedades diversas, abarcando desde la recreación y la liturgia hasta el consumo cultural y los actos de resistencia frente a regímenes de dominación. Desentrañar los procesos socioculturales ligados a esta práctica en nuestra región es el objetivo central de Paula Sedrán. Integrante del Instituto de Investigaciones Socio-históricas Regionales (Conicet-UNR), lidera la investigación “Sentidos construidos sobre el consumo de alcohol como vicio, sociabilidad y patología en los discursos culturales y su interrelación con los discursos expertos. Santa Fe, 1890-1940”.

El interés por este tema surgió durante su tesis de grado, enfocada en la regulación de los espacios públicos en Santa Fe. Al analizar registros policiales y prensa de la época, encontró un alerta por los peligros civilizatorios de la embriaguez, fuertemente atada a la puja política, donde los ebrios solían representar la tropa del adversario. Sedrán notó que, aunque había muchas entradas policiales por embriaguez o escándalo público, eran comparativamente escasas aquellas vinculadas a la violencia interpersonal.

A partir de ese hallazgo, el alcohol se reveló como una herramienta heurística, una llave para abrir puertas y pensar los roles de género, los roles de clase, los valores y los gustos de una época. Según explica la investigadora, el alcohol funciona como una etiqueta validada socialmente para rotular sujetos sociales. A modo de ejemplo, señala que mientras la mujer de clase alta bebía en el ámbito privado, la mujer de clase baja que lo hacía en el espacio público era tachada de inmoral, utilizando la bebida para justificar un prejuicio  ya existente.

Si bien la investigación abarca desde fines del siglo XIX, Sedrán se centra en la primera mitad del siglo XX, un período donde se produjo una transformación  en la forma de percibir y consumir estas bebidas. Alrededor de 1910, hablar de la bebida en contextos sociales comenzó a ser bien visto, lo que generó una nueva visibilidad transclasista. Mujeres y hombres de buena posición económica comenzaron a beber en restaurantes respetables, rompiendo con la exclusividad de la valoración negativa asociada históricamente a la bebida de los sectores populares.

Esta etapa también estuvo marcada por una fuerte internacionalización, vinculando las prácticas locales con las globales. Sedrán destaca que lo que se consumía en un bar de Santa Fe o Rosario era similar a lo que se bebía en Chicago y quienes lo consumían eran personas con perfiles afines.

El abordaje médico del consumo de alcohol también presentó particularidades. Hasta la década de 1970, los centros de producción científica no lograron ponerse de acuerdo para definir si el alcoholismo era un fenómeno químico, psicológico o cultural. Esta falta de consenso permitió que, hasta mediados del siglo XX, el alcohol siguiera siendo considerado un remedio, lo que dio un amplio margen para que pervivieran otras nociones culturales.

En este escenario de indefinición, proliferó un mercado internacional de la salud con fines dudosos. Sedrán relata el hallazgo de publicidades de curas contra la adicción en periódicos de Rafaela en 1915, idénticas a las publicadas en Estados Unidos. Estos anuncios, que constituían estafas postales dirigidas a mujeres, prometían un libro de la “señora Anderson” para curar a los maridos ebrios, recomendando incluso dosificar alcohol en pequeñas cantidades para mantenerlos tranquilos. Este fenómeno refleja tanto los procesos de circulación global en la época como la permanencia del mandato de la mujer como única encargada de garantizar la paz en el hogar.

Uno de los aspectos más innovadores de este proyecto es la construcción del archivo documental. Sedrán sostiene que basarse únicamente en fuentes policiales, administrativas o médicas genera un sesgo orientado casi exclusivamente hacia las problemáticas del alcohol. Por ello, implementó una búsqueda deliberadamente aleatoria que expandió los géneros discursivos, incorporando archivos municipales, cartas, fotos, publicidades, poemas, novelas y canciones.

Además, la investigadora integró la cultura material como fuente histórica primordial, en lugar de utilizarla como mero reflejo de los textos. Recorriendo museos provinciales, analizó el desgaste, el color y la procedencia de botellas y mesas, considerando que el alcohol es un “tema opaco” donde las personas no suelen ser del todo sinceras sobre sus prácticas de consumo. La búsqueda se expandió internacionalmente gracias a financiamientos que le permitieron revisar archivos en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España y en el Centro de Estudios Latinoamericanos de Cornell, Estados Unidos.

Apropiación cultural: del vermú a la cerveza

El estudio también revela cómo bebidas con orígenes foráneos se transformaron en íconos identitarios locales. El vermú, creado en Europa como una bebida exclusiva para la burguesía rica y la casa real en Turín, llegó a la provincia con las oleadas de inmigrantes italianos. Lo que comenzó como un acto de consumo marcado por el desarraigo, impulsó luego la instalación de grandes fábricas de marcas de aperitivos en Argentina, democratizando su acceso para que los trabajadores pudieran consumirlo popularmente.

Un fenómeno de apropiación similar ocurrió con la cerveza en Santa Fe. Aunque fue impulsada por la inmigración y consolidada mediante un fuerte aparato publicitario y comercial liderado por figuras como Otto Schneider —quien eligió la zona por la calidad de su agua—, la comunidad santafesina la hizo propia. Este arraigo se manifiesta en festejos populares como la “fiesta de la chopera”, donde los vecinos fabrican sus propias choperas con tachos y baldes, asociando indefectiblemente la bebida a la música y la diversión local.

Por su parte, la historia de los viñedos en la región santafesina y entrerriana muestra hoy una faceta de resistencia. Tras la prohibición de cultivar vid y fabricar vino fuera de la región de Cuyo desde la década de 1930 hasta los 90, actualmente existe un movimiento para recuperar esta industria, ejemplificado en iniciativas como una bodega contemporánea que produce un vino llamado “Injusto” (juego con el apellido del presidente que firmó el decreto Agustín Justo) para reivindicar esa identidad histórica censurada.

Tras siete años de investigación, Sedrán concluye que colectivamente no sostenemos nuestros propios discursos sobre la bebida, demostrando una genuina ambivalencia. El alcohol sigue funcionando como un “comodín moral” utilizado para sancionar y juzgar las prácticas de sectores sociales que previamente definimos como indeseables. Por ejemplo, la bebida de los jóvenes de clase alta no se cuestiona, mientras que la de los sectores populares se asocia a la inmoralidad y a una sociedad disoluta.

El trabajo científico continúa avanzando en colaboración. Actualmente, el equipo proyecta varias líneas de acción: el análisis de las políticas públicas de salud en Argentina junto a la investigadora Carla Reyna, para rastrear si existió una mirada estatal específica; la comparación de los vínculos culturales a nivel global; y la realización de charlas de divulgación con actores de la industria local demostrando que la investigación histórica se enriquece permanentemente con la identidad viva de nuestra región.

Periodista: Victoria Arrabal