La docente de la Licenciatura en Educación Física de la UNR Betsabé Páez, regresó a las pistas, batió su récord histórico en salto en alto y representará al país en los Juegos Suramericanos.
Betsabé Páez, licenciada en Educación Física y docente de la Universidad Nacional de Rosario, se consagró campeona en el 106° Campeonato Nacional de Atletismo disputado en la ciudad el 8 y 9 de agosto. Tras superar una grave infección que puso en riesgo su vida y casi le cuesta la amputación de una pierna, la atleta alcanzó la mejor marca de su carrera. Con un salto histórico, dirá presente en los próximos Juegos Suramericanos 2026. Pero detrás de este triunfo hay una historia de resiliencia, pasión y una profunda vocación de enseñanza.
La historia de Betsabé con el movimiento comenzó mucho antes de pisar una pista oficial. Criada en la ciudad entrerriana de Crespo, recuerda que su desarrollo motriz fue estimulado desde muy pequeña por su propia curiosidad. “Desde que tengo 4 o 5 años siempre me llamó la atención, miraba mucho en la tele los canales de deportes”, relata. Prefería ver competencias atléticas por encima de los dibujos animados y pasaba sus días jugando en la calle, colgándose de los árboles y haciendo medialunas.
El descubrimiento formal de la disciplina llegó a sus 9 años. Una nueva profesora de educación física en su colegio notó su forma de correr y desenvolverse y le propuso hacer atletismo. La fascinación de Betsabé fue tan grande que, ante la negativa inicial de su madre por la cantidad de actividades que ya realizaba, decidió mentirle: le dijo que iba a otro lugar, agarró su bicicleta y se fue a la pista “Campito Yapeyú”. “Desde ese día que pisé la pista, dije: esto es lo que yo quiero hacer toda mi vida”, confiesa.
Su pasión desbordaba los entrenamientos formales. En su casa, cortaba cañas de un bosquecito cercano para armar jabalinas y garrochas y le sacaba los colchones a su madre para armar una zona de salto en la esquina, donde organizaba torneos con los vecinos del barrio.

El talento de Páez la llevó a destacarse rápidamente en la especialidad de salto en alto. A los 11 años clasificó a su primer Sudamericano Escolar, disputado en el Cenard de Buenos Aires, donde compitió siendo la atleta más pequeña del equipo y ganó una medalla de bronce. A los 12 años realizó su primer viaje al exterior para competir en Colombia. “Era una niña muy inconsciente realmente de lo que hacía, yo me divertía de ir y saltar, era como desafiarme”, recuerda sobre aquellos primeros años de inocencia.
Integró la selección argentina desde los 11 años y participó en Juegos Olímpicos de la Juventud, campeonatos sudamericanos, panamericanos y mundiales. Sin embargo, el alto rendimiento trajo consigo una presión abrumadora. Betsabé reconoce que quemó etapas y no respetó los procesos adecuados, lo que desencadenó el “lado B” del deporte: trastornos alimenticios, depresión y graves problemas físicos. A los 16 años sufrió su primera lesión grave: una fractura en la cuarta y quinta vértebra lumbar que amenazaba con tocar la médula. Los médicos le dijeron que su carrera había terminado, debió usar un corsé ortopédico por un año y estuvo alejada del deporte durante tres años.
Contra todo pronóstico, regresó, pero las pruebas continuarían. Años más tarde, mientras entrenaba en Brasil, sufrió un problema en los tobillos que fue diagnosticado inicialmente como un tumor, dejándola sin poder caminar. Tras dos años de recuperación integral junto a su kinesióloga y entrenadora, volvió a la selección argentina.
La prueba más dura
En 2020, Betsabé se encontraba en su mejor momento, con posibilidades de clasificar a los Juegos Olímpicos de Tokio. Pero durante un torneo, sufrió la rotura de los ligamentos cruzados de su pierna de pique y de los ligamentos del tobillo. Por la pasión y el anhelo de cumplir su sueño, continuó compitiendo vendada, sin medir las consecuencias.

La cirugía reconstructiva debió realizarse en plena pandemia. Por las restricciones, la rehabilitación fue virtual y la pierna no recuperó su movilidad, lo que obligó a nuevas intervenciones. Durante un procedimiento que pretendía retirar un fragmento metálico debajo de la rótula, Betsabé contrajo una grave bacteria intrahospitalaria y, al mismo tiempo, se contagió de COVID-19.
El cuadro derivó en una septicemia generalizada que puso en riesgo su vida. “Fue lo peor para mí, no solo a nivel físico, sino a nivel emocional”, relata. Debió atravesar ocho cirugías en la rodilla y dos en el tobillo, enfrentando la posibilidad concreta de que le amputaran la pierna para frenar la infección. Permaneció internada y aislada, primero en Rosario, luego en el Hospital Eva Perón de Granadero Baigorria, y finalmente en el Hospital San Martín de Paraná, sufriendo graves dolores y una difícil situación económica al quedarse sin cobertura médica.
Tras recibir el alta, Betsabé quedó renga y con un dolor crónico que afectaba todo su cuerpo. Descartó volver al alto rendimiento e incluso generó fobia a la actividad física básica. “No me animaba a salir a correr, ni hacer una sentadilla”, confiesa.
Durante esos años fuera de la pista, su vida tomó un nuevo rumbo: fue madre de Federica, quien hoy tiene tres años y la acompaña al gimnasio imitando sus pasos. Además, comenzó su etapa como docente en la UNR. Hoy dicta clases de Atletismo en el profesorado y la licenciatura en Educación Física. “Es una experiencia hermosa, mi deseo es poder transmitirles, más que la parte teórica y técnica, los valores que el deporte te da”, afirma. Su historia personal forjó su visión pedagógica: enfatiza a sus alumnos la enorme responsabilidad de trabajar con niños, la importancia de cuidar su salud mental, no exponerlos a frustraciones innecesarias y utilizar el deporte como una verdadera herramienta de desarrollo social.
Hace dos años, al comenzar a dar clases de entrenamiento funcional, Betsabé empezó a desafiar nuevamente a su cuerpo. De a poco, los miedos quedaron atrás. Quería cerrar su historia en el deporte con un último salto en modo de agradecimiento, y para ello contactó a “Toto” Bariza, su entrenador de 93 años. “Él nunca me dejó de llamar durante esos años. Entonces lo llamo y le digo: ‘Che viejo, ¿qué tal si nos retiramos los dos juntos con un último salto?'”, relata emocionada.
Fueron a la Copa Santa Fe en Venado Tuerto sin expectativas, simplemente buscando compartir ese momento. Toto, que asiste a los torneos en silla de ruedas acompañado por su esposa, la vio saltar 1,74 metros, quedando primera en el ranking nacional. Ese resultado inesperado los impulsó a buscar la clasificación a los Juegos Suramericanos.
Semanas después, de regreso en Rosario, Betsabé saltó 1,86 metros. “Es el récord de toda mi vida y no lo puedo creer”, celebró. Esta marca, la mejor de toda su carrera deportiva, la consolidó como la cuarta mejor saltadora de la historia argentina y le otorgó el pasaje directo a los Juegos Suramericanos que se celebrarán en la provincia de Santa Fe del 12 al 26 de septiembre. Finalmente, en el 106° Campeonato Nacional, volvió a coronarse campeona al superar la varilla a 1,80 metros, sumando así su sexto título nacional.
Hoy, a los 32 años, Betsabé vive el deporte desde otro lugar. Con las prioridades puestas en su hija, su rol docente en la Universidad y sus alumnos, entrena en sus tiempos libres sin la presión del atleta tradicional. “Al quitarle un poco esa presión que tenía, de repente se destrabó todo”, reflexiona. El deporte hoy le regala el capítulo más brillante de su historia.
Periodista: Victoria Arrabal
