La Doctora en Ciencia Política de la UNR Gisela Signorelli analiza cómo la tecnología interpela el sentido del conocimiento, la crisis de atención y la urgencia de una soberanía tecnológica regional. El desafío de la educación en la era de la Inteligencia Artificial.
La historia de la tecnología suele contarse como la sustitución de la fuerza física por la máquina: el arado, el motor a vapor, la automatización industrial. Sin embargo, para la Dra. Gisela Signorelli, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario, hoy estamos ante un cambio de paradigma sin precedentes que toca la fibra más íntima. Por primera vez, el desarrollo técnico no busca potenciar el cuerpo, sino simular el pensamiento humano.
En el marco del curso “IA en la enseñanza de Ciencias Sociales” que dicta para docentes de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, la especialista propone una reflexión que desarma los tecnicismos para enfocarse en lo esencial: el proceso de aprendizaje y la supervivencia de nuestra autonomía intelectual.
La idea central que atraviesa el análisis de Signorelli es la naturaleza biológica del cerebro. “Nuestro cerebro tiende a ser perezoso; cuando puede tomar atajos cognitivos, los toma”, advierte. Esta tendencia al ahorro de energía existió siempre, pero la IA generativa la volvió masiva y, sobre todo, invisible.
A diferencia de otras revoluciones que requerían aprender códigos o lenguajes complejos, la IA rompió la barrera de entrada al permitir el uso del lenguaje natural. “Hoy, un niño que aún no sabe escribir pero puede hablarle a una máquina, puede tener acceso a estos modelos. Eso revolucionó todo porque la barrera de entrada bajó automáticamente”, explica. El riesgo no es la herramienta, sino que el “atajo” se vuelva la norma, desplazando el esfuerzo necesario para la síntesis y la construcción de pensamiento propio.
Signorelli utiliza una analogía potente para explicar el peligro de la delegación ciega: la calculadora. Mientras esta última automatiza una operación puntual sin sustituir la comprensión del problema ni el juicio sobre el resultado, la IA interviene en procesos más complejos y constitutivos de la práctica profesional, como leer, sintetizar, argumentar, escribir e interpretar.
“A medida que delegamos capacidades, corremos el riesgo de perderlas. Estamos ante una autonomía simulada, donde creemos que entendemos lo que está pasando, pero realmente no lo estamos comprendiendo”, sostiene la investigadora. Para los estudiantes en formación, este riesgo es crítico. Mientras que un profesional experimentado puede usar la IA como un asistente para validar datos, un alumno puede caer en el “copiado y pegado” sin haber desarrollado previamente la estructura cognitiva necesaria para juzgar si el resultado es una “alucinación” de la máquina o una verdad científica.
Otro síntoma de esta época es la fragmentación de la atención. Signorelli vincula el uso de la IA con el diseño deliberado de las infraestructuras digitales. “No es solo un acto de voluntad individual; hay una decisión consciente en los algoritmos para que escroleemos constantemente”, analiza, citando los recientes juicios contra gigantes como Meta y YouTube.
“Es imposible que nuestro cerebro procese veinte noticias en diez minutos. Esto genera un déficit donde a un estudiante universitario le cuesta estar 30 minutos frente a un texto sin buscar esa dosis de dopamina que le da el celular”, señala. Esta realidad, que ya muestra resultados negativos en términos de conocimiento profundo, llevó a países vanguardistas como Suecia o Finlandia a dar marcha atrás con la digitalización total para recuperar la pausa necesaria para el aprendizaje.
Más allá del aula, el análisis adquiere un tinte geopolítico urgente. Signorelli advierte que los grandes desarrollos están en manos de un puñado de corporaciones globales, lo que pone en juego la soberanía tecnológica. Compara la actual carrera por la “superinteligencia” con la histórica carrera nuclear, mencionando proyectos de gran escala como la reciente Misión Génesis anunciada por Trump el año pasado.
Signorelli advierte que la asimetría entre Estados nacionales y grandes corporaciones tecnológicas vuelve insuficientes las respuestas aisladas: “Argentina difícilmente pueda regular en soledad actores de esta escala. Necesitamos mayor articulación regional para fijar estándares, defender criterios comunes, potenciar capacidades públicas y no quedar reducidos a consumir tecnologías definidas por otros”. En ese marco, para ella, la discusión no es solo técnica: “También está en juego una discusión ética y política sobre la orientación del desarrollo: qué problemas decidimos priorizar, qué intereses financian esas prioridades y para quiénes se producen finalmente esos avances”.
Alfabetización crítica
A pesar de las advertencias, Signorelli no es apocalíptica. Destaca hitos como AlphaFold, donde la IA logró avances significativos en el estudio de proteínas, acelerando un campo de investigación clave para la biología y la medicina, algo inalcanzable para el procesamiento humano solitario. “Si ese es el camino, ¿por qué vamos a prohibirlo? El desafío es la alfabetización”, propone.
Su labor en la UNR busca institucionalizar el debate a través de un “Manual Blanco de uso de IA para la Facultad de Ciencia Política”. La idea es “blanquear” el uso de estas herramientas para que dejen de ser un tabú. “Nadie declara que usó Google, sin embargo, lo usamos constantemente. Debemos llegar a ese nivel de transparencia con la IA, pero bajo un paraguas común que defina qué habilidades ‘blandas’ —como el liderazgo, la creatividad y la criticidad— no son delegables”, explica.
La trayectoria de Signorelli refleja su espíritu innovador: en 2016 enseñaba a Marx a través de memes para acercarse al lenguaje de sus alumnos. Hoy integra la “Comunidad Birría” en Rosario, donde profesionales de diversas áreas discuten estos temas en un ambiente distendido.
Para la investigadora, el espacio educativo también debe ser un momento de pausa digital. “No necesariamente la conclusión es que hay que incorporar la IA en todo, sino que debemos hablar de esto. La pregunta por el sentido del aprendizaje volvió al centro de la escena y eso es lo más potente que nos pasó en años”, concluye. La transformación no es el futuro; es un presente urgente que exige docentes formados, Estados presentes y una sociedad capaz de decidir no ser un simple pasajero en el algoritmo de otro.
Periodista: Victoria Arrabal/Foto: Facultad de Ciencia Política
