Sara García Alonso, bióloga molecular y astronauta de la Agencia Espacial Europea visitó la UNR y compartió su experiencia entre la investigación contra el cáncer y el entrenamiento para futuras misiones espaciales.

Ante un auditorio de casi 500 personas, la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura de la Universidad Nacional de Rosario fue escenario de una conversación excepcional con la bióloga molecular y astronauta española Sara García Alonso, una nueva generación de profesionales que tienden puentes entre la investigación científica y la exploración espacial.

Seleccionada en 2022 como integrante de la reserva de astronautas de la Agencia Espacial Europea (ESA), García Alonso se convirtió en la primera mujer española en incorporarse al programa de entrenamiento oficial para futuras misiones espaciales. Su historia, sin embargo, comenzó lejos de los cohetes y las estaciones orbitales.

Especializada en biología molecular y oncología experimental, desarrolla su carrera científica en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de España (CNIO). Desde 2022 lidera un proyecto orientado al desarrollo de nuevos tratamientos contra el cáncer de pulmón y de páncreas, una de las enfermedades más complejas de abordar en la actualidad. A finales del año pasado, participó en la publicación de un estudio que presentó una terapia capaz de eliminar tumores pancreáticos en modelos animales de manera completa y duradera, sin efectos secundarios significativos.

Sara finalizó su entrenamiento para la Agencia Espacial Europea en mayo de este año.

Precisamente, su trayectoria demuestra que el camino hacia el espacio no está reservado únicamente para pilotos o ingenieros aeroespaciales. “Yo tenía la idea de que para ser astronauta había que estudiar una carrera vinculada directamente al espacio, como ingeniería aeroespacial, astronomía o astrofísica. Sin embargo, descubrí que las agencias espaciales buscan perfiles mucho más diversos”, explicó durante su visita a Rosario.

Según relató, tanto la ESA como otras agencias internacionales valoran especialmente capacidades como el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la adaptación a escenarios complejos y la capacidad de aprender de forma constante. En ese sentido, las carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) ofrecen una formación especialmente valorada durante los procesos de selección. “Ser astronauta significa impulsar proyectos científicos inspiradores, contribuir al desarrollo tecnológico y trabajar en equipos multiculturales. También está la aventura, claro. Lo curioso es que descubrí mi sueño de viajar al espacio a los 32 años, del mismo modo que encontré mi vocación por la investigación oncológica casi al finalizar la carrera”, contó.

El camino hasta ser seleccionada estuvo lejos de ser sencillo. Todo comenzó en 2021, cuando leyó casi por casualidad una noticia sobre la apertura de una convocatoria de la ESA, la primera en quince años. Cumplía con los requisitos básicos y decidió presentarse.

Más de 23 mil personas iniciaron el proceso. Tras una serie de evaluaciones, apenas 1400 candidatos fueron convocados a Hamburgo para realizar un exigente examen de aptitudes que se extendió durante más de once horas. Luego llegaron nuevas instancias de evaluación psicológica y resolución de problemas, diseñadas para medir la capacidad de trabajar bajo presión y afrontar la frustración. “Había ejercicios que no tenían solución. Lo que se evaluaba era cómo reaccionabas frente a esa situación y de qué manera seguías trabajando”, recordó.

Las pruebas médicas redujeron aún más el número de aspirantes. Finalmente, tras entrevistas realizadas en Alemania y una instancia final con el director general de la ESA, fueron seleccionadas 17 personas: cinco astronautas de carrera y doce integrantes de la reserva. “Para quienes todavía dudan de si las mujeres pueden ser astronautas, de esas 17 personas seleccionadas, ocho fuimos mujeres. Cuando somos pequeños nos permitimos soñar cualquier cosa y creo que no deberíamos perder esa capacidad cuando nos hacemos adultos”, afirmó.

Una vez superado el proceso de selección, comenzó una etapa igual de desafiante: la formación para futuras misiones espaciales. “Hay que absorber una enorme cantidad de información en muy poco tiempo. Tu formación original deja de ser suficiente porque debes aprender a comunicarte y trabajar con ingenieros, médicos, especialistas en comunicación, físicos, matemáticos e informáticos. Tienes que adquirir conocimientos de muchas áreas diferentes”, explicó.

La preparación incluye desde formación teórica hasta entrenamientos altamente especializados. Entre ellos, prácticas de robótica avanzada y ejercicios en grandes piscinas donde se sumergen módulos de estaciones y naves espaciales para recrear condiciones similares a la ingravidez. “Aprender a operar los brazos robóticos de la Estación Espacial Internacional y desenvolverse en esos entornos es una parte fundamental de la preparación”, señaló.

La dimensión física también ocupa un lugar central, aunque no por las razones que muchas veces se imagina. Según explicó, la actividad física forma parte de la rutina diaria principalmente por cuestiones de salud y rendimiento. “La mayoría de quienes fuimos seleccionados ya éramos personas muy deportistas antes de ingresar al programa”, contó.

Mantener una condición física adecuada resulta esencial durante las misiones espaciales. En ausencia de gravedad, el cuerpo experimenta una progresiva pérdida de masa muscular y densidad ósea, por lo que el ejercicio constituye una de las principales herramientas para contrarrestar esos efectos y preservar la salud de los astronautas durante largas estadías en el espacio.

Estar en dos mundos a la vez

A diferencia de los astronautas de carrera, Sara García Alonso no abandonó su trabajo como investigadora para dedicarse exclusivamente a la formación espacial. Durante los últimos años, debió combinar dos actividades tan apasionantes como demandantes: liderar proyectos científicos en el laboratorio y prepararse para una eventual misión espacial.

“Estoy viviendo una doble vida”, resumió. Según explicó, el mayor desafío es la gestión del tiempo. Mientras los astronautas de carrera se dedican de forma exclusiva a su preparación, ella continuó desarrollando su labor científica en el ámbito de la investigación oncológica, una tarea que también exige dedicación plena.

A esa exigencia se sumó otro cambio inesperado: pasar del anonimato relativo del laboratorio a convertirse en una figura pública. “Ahora me invitan a dar charlas, participar de encuentros y conversar con jóvenes sobre ciencia y exploración espacial. A veces siento que me faltan horas en el día”, reconoció.

Para hacer compatibles ambas responsabilidades, la Agencia Espacial Europea adaptó su formación. En lugar de completar el entrenamiento de manera continua durante un año, lo realizó en tres bloques de dos meses distribuidos a lo largo de tres años. El primero tuvo lugar en 2024, el segundo en 2025 y el último concluyó en mayo de 2026.

Así, entre el laboratorio y las aulas de entrenamiento espacial, Sara construyó una trayectoria singular: investigar cómo salvar vidas en la Tierra mientras se prepara para viajar más allá de ella.

Siempre es buen momento para perseguir un sueño

Antes de convertirse en astronauta, Sara García Alonso fue una estudiante destacada. Finalizó el bachillerato con matrícula de honor y cursó sus estudios de grado y un máster en Biotecnología en la Universidad de León. Sin embargo, más allá de los logros académicos, destacó el papel transformador que tuvo la universidad pública en su vida. “Si no hubiera sido por una universidad pública, probablemente no habría podido estudiar. Vengo de una ciudad muy pequeña y quizás mis padres no habrían tenido la posibilidad de financiar una carrera universitaria”, recordó con emoción.

“Lo importante no es solamente pasar por la universidad, sino permitir que la universidad pase por uno mismo”, expresó. Para la científica, la experiencia universitaria trasciende los exámenes y los títulos: implica aprender de los compañeros, de los docentes y de toda la comunidad que forma parte de ese entorno de construcción colectiva del conocimiento.

Según explicó, el verdadero valor de la formación universitaria no reside únicamente en los contenidos adquiridos, sino en la capacidad de desarrollar herramientas para afrontar desafíos futuros. “La universidad te da los ladrillos y las herramientas para resolver los problemas que aparecerán más adelante. Por eso no es tan importante tropezar o desaprobar un examen, sino cómo reaccionas frente a esas situaciones”, sostuvo.

En ese sentido, reivindicó el error como parte indispensable del aprendizaje. Para ilustrarlo, recordó una célebre frase del físico danés Niels Bohr, Premio Nobel de Física en 1922: “Un experto es una persona que ha cometido todos los errores posibles en un campo muy específico”.

“El aprendizaje nace muchas veces de los errores. Pero para eso hay que mantener la mente abierta y entender que cada experiencia, incluso las que parecen negativas, puede convertirse en una lección valiosa”, concluyó.

Ahora solo queda esperar la llamada de la Agencia Espacial Europea. Si llega, para Sara el cielo dejará de ser un límite para convertirse en destino.

Porque si algo demuestra su historia es que los sueños no siempre aparecen temprano ni siguen caminos preestablecidos. A veces surgen cuando menos se los espera. Y, cuando se los persigue con perseverancia, pueden incluso romper la gravedad.

Periodista: Gonzalo J. García / Fotografía: Camila Casero.