José María Sobral: ciencia, deber y presencia argentina entre los hielos

Con esta publicación, el Observatorio de Memoria, Investigación y Soberanía “Malvinas, Atlántico Sur y Antártida” de la Universidad Nacional de Rosario inicia “Huellas en el continente blanco. Protagonistas del camino antártico argentino”, una serie pensada especialmente para acercar al aula las vidas de quienes fueron construyendo la presencia argentina en la Antártida. No será solamente una colección de biografías ni una sucesión de episodios heroicos: la propuesta es reconstruir una verdadera generación antártica argentina, formada por científicos, marinos, aviadores, exploradores, técnicos y familias que hicieron del conocimiento, la navegación, la logística, la infraestructura y la permanencia distintas dimensiones de una misma política hacia el Sur.
A lo largo de las próximas entregas aparecerán José María Sobral, Julián Irízar, José Manuel Moneta, Alberto J. Oddera, Hernán Pujato, Humberto Bassani Grande, Jorge Edgar Leal, Gustavo Giró Tapper, Pedro Margalot, Mario Luis Olezza y Gustavo Argentino Marambio, junto con los hombres y mujeres de Orcadas, las dotaciones de las bases y las familias de Esperanza. Hay entre ellos diferentes arquetipos de una misma tradición: Sobral representa la ciencia; Irízar, la navegación y el rescate; Pujato, la concepción estratégica integral; Leal, la exploración terrestre y la culminación polar. Moneta permite comprender la continuidad silenciosa de Orcadas; Oddera, la preparación del gran salto de la década de 1940; Bassani Grande y Giró, la penetración terrestre; Margalot, Olezza y Marambio, la conquista de las distancias mediante la aviación y una nueva logística antártica. La serie busca que esas experiencias puedan ser conocidas, relacionadas y discutidas por docentes y estudiantes.
La elección del nombre “Huellas en el continente blanco” responde precisamente a esa perspectiva. Son huellas materiales —rutas, refugios, bases, observatorios, vuelos y travesías—, pero también científicas, institucionales y humanas. La propuesta invita además a modificar nuestra manera habitual de mirar el mapa. Desde una perspectiva argentina, la Antártida no tiene por qué ser representada únicamente como el remoto “fin del mundo”: puede ser pensada como inicio del mundo austral, como un espacio hacia el cual la Argentina se proyecta desde Tierra del Fuego y el Atlántico Sur y en el que ha desarrollado una historia propia de conocimiento y presencia.
Primera huella: José María Sobral
La serie comienza con José María Sobral (1880-1961). La elección no es casual. Sobral permite situarnos en los mismos comienzos del siglo XX, cuando enormes extensiones de la Antártida permanecían científicamente desconocidas y las grandes expediciones internacionales comenzaban a estudiar sistemáticamente el continente. Con 21 años, el joven oficial de la Armada fue incorporado como representante del Gobierno argentino a la Expedición Antártica Sueca dirigida por el geólogo Otto Nordenskjöld. Su participación fue oficial, pero no meramente testimonial: se integró al programa científico y desarrolló tareas vinculadas con la meteorología, la geodesia y el geomagnetismo.
El Antarctic, comandado por el capitán noruego Carl Anton Larsen, partió de Buenos Aires el 21 de diciembre de 1901. Durante la navegación hacia el Sur, Sobral entró en contacto con otra experiencia científica argentina que estaba comenzando a desarrollarse en el extremo austral. En el grupo Año Nuevo actuó como guía e intérprete en el encuentro entre Nordenskjöld y el teniente de navío Horacio Ballvé, responsable de la instalación del observatorio magnético y meteorológico argentino. Su presencia vinculaba así una expedición científica internacional con las primeras iniciativas argentinas de observación sistemática en altas latitudes australes.
El 12 de febrero de 1902 la expedición llegó a isla Cerro Nevado (Snow Hill). Allí se levantó una pequeña cabaña de madera destinada a servir como estación de invernada. Sobral, Nordenskjöld y otros cuatro integrantes quedaron en ella mientras el Antarctic se alejaba ante el avance de los hielos. El refugio era extraordinariamente reducido: aproximadamente 6,5 metros de largo por 4 de ancho, dividido en pequeñas habitaciones, cocina y un espacio utilizado como comedor y gabinete de trabajo. Aquella construcción, situada a unos 12 kilómetros de la actual Base Conjunta Antártica Marambio, todavía existe y fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1965.
Allí Sobral se convirtió en el primer argentino que invernó en la Antártida. Pero reducir su experiencia a esa condición sería perder lo fundamental de su legado. Durante la permanencia en Cerro Nevado participó de un programa sistemático de observaciones meteorológicas, magnéticas, astronómicas, geodésicas y geológicas. Su diario permite reconstruir esa experiencia casi día por día. El joven oficial observaba el hielo, registraba temperaturas y presiones, participaba de las mediciones y se interesaba por la constitución geológica del territorio. El 17 de enero de 1902 dejó anotado un dato particularmente significativo: “Se ha encontrado mucha madera fósil”. Aquellas observaciones anticipaban la importancia paleontológica y geológica que posteriormente adquirirían los descubrimientos realizados en la región.
Su diario revela también cómo concebía su propia presencia. El 21 de enero de 1902 escribió una frase que permite comprender la articulación entre ciencia, servicio y pertenencia nacional que atravesaba su experiencia: “Creo que tengo un doble deber que cumplir con mi país: como argentino, y como soldado”. No se trata de atribuir retrospectivamente a Sobral ideas que no expresó, sino de recuperar sus propias palabras: aquel joven entendía que su tarea científica se encontraba acompañada por una responsabilidad hacia la Argentina.
Dos años entre los hielos
El plan original contemplaba una sola invernada. El Antarctic debía regresar a buscar al grupo, pero la naturaleza alteró completamente el proyecto. El barco quedó aprisionado por el hielo y finalmente fue destruido y se hundió el 12 de febrero de 1903, aproximadamente a 40 kilómetros de isla Paulet. Los expedicionarios terminaron separados durante meses en tres grupos: seis hombres permanecieron en Cerro Nevado, veinte se refugiaron en isla Paulet y tres quedaron en Bahía Esperanza. Sin comunicaciones entre ellos y sin certeza acerca de un eventual rescate, la expedición pasó involuntariamente un segundo invierno antártico.
En Cerro Nevado, Sobral continuó trabajando. La incertidumbre no significó el abandono del programa científico: siguió reuniendo muestras, realizando observaciones y llevando extensos registros meteorológicos. La expedición terminaría produciendo importantes colecciones fósiles de plantas y vertebrados terrestres, aportando información sobre la evolución geológica y climática de la Península Antártica y elementos que posteriormente serían relacionados con la reconstrucción de Gondwana.
Mientras tanto, en Buenos Aires crecía la preocupación. El Gobierno argentino decidió organizar una misión de búsqueda y la Armada acondicionó especialmente la corbeta ARA Uruguay. Al mando fue designado el teniente de navío Julián Irízar. La nave fue reforzada para enfrentar los hielos y emprendió una operación que se convertiría en otro de los grandes episodios fundacionales de la historia antártica argentina. El 8 de noviembre de 1903 alcanzó Cerro Nevado. Sobral pudo reconocer a la distancia la silueta de la Uruguay: era, significativamente, el mismo buque que había sido sede de la Escuela Naval durante parte de su formación. El rescate se completó exitosamente y el 2 de diciembre de 1903 la corbeta regresó a Buenos Aires, donde fue recibida por una multitud.
Así, la primera entrega de esta serie contiene ya las dos primeras grandes figuras de nuestra genealogía: Sobral e Irízar. Uno había llegado para observar, medir y conocer; el otro llegó para buscar y rescatar. La ciencia y la navegación se encontraron en una misma experiencia argentina. Poco después, en 1904, comenzaría en Orcadas una etapa diferente: la de la presencia estatal permanente, sostenida año tras año por generaciones de meteorólogos, radiotelegrafistas, científicos y marinos.
El legado de Sobral
El regreso no cerró la vida antártica de Sobral: modificó su trayectoria profesional. Después de la expedición viajó a Suecia para estudiar geología en la Universidad de Uppsala, donde obtuvo su doctorado en 1913. Regresó a la Argentina en 1914 e ingresó a la entonces Dirección General de Minas, Geología e Hidrología; posteriormente llegó a dirigir la institución entre 1922 y 1931. La experiencia antártica había contribuido así a transformar al joven oficial de Marina en científico.
Ese es quizás el legado más fértil para trabajar con Sobral en el aula. Su historia permite enseñar simultáneamente exploración, geografía, ciencia, historia argentina y Antártida. Permite observar instrumentos y métodos científicos de comienzos del siglo XX, seguir una expedición sobre un mapa, estudiar las condiciones ambientales de Cerro Nevado, comprender el valor de los registros meteorológicos y geológicos y analizar cómo el conocimiento de un territorio se relaciona con la capacidad de permanecer y actuar en él. También permite colocar nombres y experiencias humanas allí donde muchas veces el mapa escolar muestra solamente una gran superficie blanca.
Por eso compartimos esta historieta como primera entrega de “Huellas en el continente blanco”, concebida como material de divulgación y como recurso para docentes y estudiantes. Sobral es la primera huella, pero detrás de ella aparecerán muchas otras: Irízar y la Uruguay; Moneta y los hombres de Orcadas; Oddera y las campañas que prepararon la expansión; Pujato y la concepción estratégica integral; Bassani Grande, Leal y Giró atravesando el territorio; Margalot, Olezza y Marambio conquistando las distancias desde el aire; y las generaciones de argentinos y argentinas que hicieron posible la continuidad de nuestra presencia antártica.
Cada historia permitirá comprender una parte de un proceso mayor. Porque “Huellas en el continente blanco” no busca solamente recordar a quienes llegaron al Sur. Busca reconstruir cómo, generación tras generación, la Argentina aprendió a conocerlo, navegarlo, estudiarlo, recorrerlo, habitarlo y pensarse desde él. Y ésa es también la invitación para el aula: volver a mirar el mapa y descubrir que, desde nuestra perspectiva, la Antártida no es simplemente el lugar donde termina el mundo; es también uno de los lugares desde donde comienza.