09 de Julio 2020

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02/03/2020

El legado de Belgrano

Cuatro docentes de la Universidad Nacional de Rosario analizan desde distintas disciplinas el significado de la creación de la bandera en Rosario hace 208 años y la figura de Belgrano.


Tags: Estudiantes Docentes Investigación Bandera Belgrano  



El 27 de febrero de 1812 Manuel Belgrano izó por primera vez la bandera celeste y blanca en Rosario. La misma que, años después, fue adoptada como la enseña nacional. En ese momento se estaba desarrollando la guerra por la independencia, los realistas se encontraban refugiados en Montevideo, una ciudad amurallada y sitiada, con riesgo de hambrunas y enfermedades para la población. Por esta razón era normal que los españoles realizaran incursiones por el Paraná en busca de víveres y también para evitar la comunicación entre los revolucionarios. En ese contexto, Belgrano organiza la defensa de la región en las barrancas de nuestra ciudad. La bandera que enarboló tenía el objetivo de identificarse y unir a los soldados y a la población bajo un mismo símbolo.

“Belgrano toma la decisión crucial de participar de la gesta revolucionaria y dirigir los ejércitos, algo para la cual no había sido especialmente preparado y tenía mucho más para perder en relación a sus compañeros de ruta”, afirma la Dra en Historia Marcela Ternavasio. Era hijo de una de las familias más ricas de Buenos Aires, uno de los pocos que tuvo el privilegio de ir a estudiar leyes en la Universidad de Salamanca, España, donde permanece casi 8 años compartiendo las tertulias con los sectores letrados e intelectuales de la época. Regresa al país con el cargo de secretario del consulado de comercio que acababa de crearse y se convierte, a su vez, en periodista con los primeros diarios que aparecen en el Río de la Plata. “Como redactor difunde las nuevas ideas pero de ninguna manera estuvo preparado para ser un militar como le tocará serlo en toda la década revolucionaria”, aclara.

El Doctor en Historia Ignacio Martínez explica que Belgrano buscó un punto del río donde se pudiera interrumpir la navegación de los realistas plantando cañones, dado que debía atacar desde tierra hacia el agua. Cuando llegó a la ciudad su misión era construir dos baterías a las que nombró “Libertad” (la de Rosario) e “Independencia” (la de la isla). En base a los planos de la época y algunos testimonios, podrían haber estado donde hoy se ubica el Monumento a la Bandera.

“En ese momento Rosario tenía cierta relevancia jurisdiccional por su parroquia pero sólo contaba con 1000 habitantes y un centenar de milicianos para colaborar en lo que se necesitara. Por esta razón hubo que llevar más gente para reforzar la actividad militar y movilizar muchos recursos materiales para construir esas baterías”, cuenta el profesor.

Las fuerzas revolucionarias no tenían garantizada la adhesión de la población a la que le estaban pidiendo recursos a través de suscripciones para que aporten herramientas, materiales, etc. A ellos también se los sometía al peligro constante de ser asaltados por las flotas realistas. Es decir que la revolución suponía un sacrificio de mucha gente que no estaba al tanto de las ideas que podían motivar ese levantamiento.

“¿Qué hacer con esa gente que hasta hace poco le ofrecía fidelidad al rey y ahora debía cambiar de referente? ¿Hasta qué punto había que hacerlo? ¿Qué era ese patriotismo?”, se preguntan los investigadores y consideran que, en esa circunstancia, la tarea revolucionaria bélica y la de construcción identitaria, se unen.

Los símbolos patrios

“Hay una coexistencia de símbolos entre 1811 y 1812 porque conviven planes y proyectos que van predominando unos sobre otros al calor de los acontecimientos y de esa guerra revolucionaria que se convierte en una gran usina productora de identidades”, analiza Ternavasio y agrega: “Para mandar a la gente a la guerra a morir por una causa había que tener una liturgia revolucionaria y ahí aparece la patria y la libertad.”

De todos modos aclara que había que cuidarse muy bien de decir “libertad civil” porque hablar de una libertad política suponía una vocación de independencia que para el momento, hasta que no hubiera un acuerdo y un consenso de declararla, podía traer problemas. Y es lo que ocurre con la bandera que se crea en Rosario.

Los docentes de la UNR explican que en un ejército pobre, prácticamente sin uniformes, tener símbolos patrios implicaba que pudieran reconocerse entre amigos y enemigos. Entonces Belgrano propone al Triunvirato estandarizar una escarapela celeste y blanca y lo consigue. Luego, se anima a dar el siguiente paso que es confeccionar una bandera con los colores de la escarapela y la enarbola sin consultar. Cuando el Triunvirato toma conocimiento de esto, le ordena guardarla porque podía presuponer una independencia que todavía no se había declarado. Pero él ya estaba rumbo a otro frente de batalla en el norte.

Según explica Martínez, hay inferencias acerca de la elección de los colores. Una versión más naturalista es la del cielo, pero hay otra más histórica que es considerar que la orden de Carlos III con la que los borbones también se exhibían en algunos retratos, llevaba los colores celeste y blanco. Y hay otra apelación al manto de la Virgen que suele tener esos colores.

La bandera que unifica

“La bandera sirve para unificar, identificar, crear una historia colectiva y genera pertenencia”, señala la semióloga Olga Corna. Para la investigadora, Argentina es uno de los países de América Latina que menos uso hace de sus símbolos patrios: “Validamos nuestras nociones patrióticas cuando estamos en crisis, en los momentos difíciles nos amuchamos, pensamos que somos todos argentinos, pero cuando la vida nos sonríe, la cosa se pone dudosa, por eso no tenemos la costumbre de usar los símbolos patrios en nuestra vestimenta”.

En este sentido considera que cuando la bandera argentina está presente en actos y manifestaciones, convierte ese reclamo sectorial en uno colectivo. “El logro de un grupo particular va alcanzar a toda la ciudadanía y esto es sumamente importante; todos los temas que nos preocupan caen sobre el conjunto de la sociedad porque los argentinos somos un colectivo de identificación y nuestra bandera es el paño de ese colectivo de identificación que nos rescata frente al mundo como únicos”, destaca.

Corna resalta que lo más importante de la bandera es que nos convierte en únicos y que el resto nos reconoce, y esa unicidad tiene que ver con la identidad. “Nosotros, más allá de todo, somos argentinos. Un pueblo con ciertas características, con una Constitución particular y con un preámbulo determinado que políticamente se usa según la conveniencia del momento histórico o del fragor de la lucha de algunos, pero en cuestión de ganar o perder, la bandera no gana ni pierde, unifica .En el extranjero o en un acto internacional, cuando vemos ondear la bandera argentina, sentimos la pertenencia. Tendríamos que lograr sentir eso en nuestro país”.

El Monumento

La Docente Honoraria de la UNR Ana María Rigotti, experta en historia de la arquitectura, recalca que la creación de este monumento, uno de los más grandes del mundo, tiene una connotación más amplia de la que se puede observar a simple vista. “Se decidió construirlo en el lugar donde presuntamente se izó por primera vez la bandera. Con esto se buscó consolidar la idea de que la invención de la bandera se produjo en nuestras tierras, que se izó por primera vez en nuestras costas y que fue al lado de la plaza histórica de la ciudad”.

El primer intento de conmemoración fue la construcción de una pequeña pirámide sobre la Isla del Espinillo por el Ingeniero Municipal Nicolás Grondona. Sin embargo, cada vez que se acercaban fechas importantes como el centenario por ejemplo, se reactivaban los intereses para construir una conmemoración más acertada. Conocida es la historia de la escultura encargada a Lola Mora en 1910, que tardó muchos años en entregarse y que en la actualidad está instalada a los pies del Monumento. “En el año 1925 se genera un concurso para crear una pieza nunca vista que no sea en homenaje a un personaje sino a la bandera que se concibe como una representación abstracta de la patria. Sin embargo, se da por desierto”, cuenta la profesora.

Para el año 40 aparece un nuevo concurso con una innovación: un monumento pensado para las masas. Ahí ganó el proyecto diseñado por los arquitectos Ángel Guido y Alejandro Bustillo. Estos resaltaron la figura del sol incaico dejando de lado cualquier connotación religiosa, cuestión que no era fácil en la época. A su vez, se focalizó todo en la bandera. “Ideas anteriores le daban más importancia a Belgrano, por ejemplo uno de los dibujos consistía en un arco del triunfo que sostenía su tumba. En los primeros bocetos del monumento, se incluía un espacio para un mausoleo en un subsuelo pero no se realizó nunca. Se terminó resaltando la bandera, las raíces y la geografía de la ciudad, al estar a orillas del Paraná”, explica Rigotti.

“Se buscó crear un espacio al que las personas vayan frecuentemente y más allá de sus atributos arquitectónicos, el Monumento tiene una eficacia de localización y disposición que es reconocida por todos: se celebran victorias deportivas, políticas, manifestaciones, etc. Se convirtió en un espacio del que se apropiaron los habitantes de la ciudad”.

Nota realizada por: Victoria Arrabal, Ileana Carrizo y Gonzalo J. García.


  • Periodistas: Coordinación de Comunicación
  • Fotógrafos: Pablo Correa