20 de Noviembre 2019

Noticias

04/11/2019

Una red de científicos estudia enfermedades olvidadas

Investigadores de la UNR integran una red global para analizar  enfermedades relacionadas a la pobreza y descubrir mejores tratamientos.


 



El mal de chagas y la leishmaniasis son enfermedades desatendidas. El ciclo del olvido empieza cuando estas afecciones no son diagnosticadas por los médicos. Al no haber diagnóstico, no se pide el tratamiento a los gobiernos quienes tampoco lo solicitan a las farmacéuticas. Al no haber demanda, no hay investigación de nuevas fórmulas o medicamentos más eficaces. Y así se perpetúan el olvido y la desatención.

Teniendo en cuenta que estas enfermedades afectan a un porcentaje de la población, el año pasado un grupo de científicos de India, Pakistán, Reino Unido, Brasil, Uruguay y Argentina crearon una Red global para ocuparse de estos males. Forman parte de la misma los investigadores del Conicet Guillermo Labadie y Julia Cricco que trabajan en el Instituto de Química Rosario y en el Instituto de Biología Molecular y Celular  de Rosario, respectivamente.

Junto a especialistas de más de 40 laboratorios abordan estas patologías desde su conocimiento y experiencia particular con  el objetivo de formar científicos en un ambiente interdisciplinario y de cooperación internacional, vincularse con el sector productivo y constituirse en una plataforma de financiamiento. Lo que se busca es mejorar las terapias y que sean accesibles, dado que estas enfermedades afectan a una población de bajos recursos que quizás no tiene posibilidades de ir a un centro de salud.

El chagas está asociado a la extrema pobreza que padecen entre 6 y 8 millones de personas y es endémico en 21 países de Latinoamérica. Existe una gran brecha en la disponibilidad y acceso al diagnóstico y tratamiento; se cree que la mayoría de los infectados desconoce su estado. Es causado por el parásito trypanosoma cruzi y el vector que lo transmite es la vinchuca que vive en las grietas de paredes y techos de las viviendas construidas con ladrillos de adobe, ramas o paja, es decir las más precarias.

La enfermedad evoluciona en dos fases –la aguda y la crónica– y cada una de ellas tiene características clínicas y criterios diagnósticos y terapéuticos diferentes. Generalmente, en la fase aguda, la enfermedad es asintomática. Sin embargo, cerca del 30% de los infectados desarrolla problemas crónicos cardíacos que acortan la esperanza de vida una media de 10 años y pueden causar la muerte. Más del 80% de los fallecimientos por el chagas se relacionan con complicaciones como el fallo cardíaco, las arritmias y los tromboembolismos.

Solo existen dos medicamentos específicos para tratar el chagas desarrollados hace más de cuarenta años. Si bien la tasa de curación es casi total en la fase aguda, se va reduciendo a medida que pasa el tiempo entre la infección y el inicio del tratamiento.

En tanto, la leishmaniasis es una enfermedad tropical parasitaria trasmitida a través de la picadura de un cierto tipo de mosca de la arena. Según la Organización Mundial de la Salud es endémica en 76 países y se cuentan entre 700.000 y  1 millón de casos anuales, un 90% de ellos en Bangladesh, India, Nepal, Etiopía, Sudán, Sudán del Sur y Brasil.

Cuando una persona se infecta, su sistema inmunológico se debilita y es más vulnerable a otras infecciones. Sin tratamiento, casi siempre es mortal. Sin embargo, un diagnóstico y tratamiento tempranos pueden salvar la vida del enfermo, incluso en entornos con recursos limitados.

Muchas de las personas que sufren esta enfermedad viven en zonas remotas, lejos de la atención médica que necesitan, y por lo tanto una gran cantidad de infecciones y muertes nunca llegan a conocerse. Las opciones de tratamiento son específicas según la región ya que su eficacia varía. En la actualidad, varias investigaciones buscan un tratamiento más corto, pero aún no está disponible.

Red de investigadores

Dentro de la Red hay investigadores que se ocupan de la biología de los parásitos y hay inmunólogos que se centran en la biología estructural de una proteína o enzima que puede ser blanco para elaborar un medicamento. Guillermo Labadié trabaja en el desarrollo de fármacos tanto para chagas como para lechmaniasis. Y Julia Cricco estudia el parásito que causa la enfermedad de chagas, cómo vive, sobrevive y se relaciona con el hospedador.

Concretamente investiga cómo el parásito adquiere un metabolito llamado “emo”. Si bien el parasito no lo fabrica, lo necesita como un compuesto esencial y si no lo toma del hospedador cuando está en el ser humano o en la vinchuca, muere.

“Queremos descubrir cómo es la ruta que hace este compuesto para ser utilizado por el parásito y encontrar un posible blanco para inhibir su crecimiento”, explica la científica. Esto no sólo se experimenta en el laboratorio sino que en el contexto de la Red hay interacción con grupos de otros países.

Cabe destacar que para estas patologías olvidadas hay medicamentos pero estos fueron elaborados hace tiempo y “no son todo lo bueno que deberían ser”, afirman los investigadores locales. Se trata de fármacos desarrollados en un momento y luego los estudios de los mismos no continuaron, por eso se habla de “desatención”.

Por otro lado, dependiendo de la patología, también hay resistencia. “·Si ese fármaco no produce el mismo efecto de cuando se lo empezó a utilizar en la clínica, es necesario encontrar mejores terapias que sirvan en todas las fases de la enfermedad”, aclara Labadié. Además, el costo de producción de un nuevo medicamento debería ser mínimo para garantizar su accesibiliad, lo que requiere de políticas públicas para su desarrollo.

“Tenemos el potencial, podemos hablar el mismo idioma, no hay ningún desnivel que haga que nos sintamos en inferioridad de condiciones, al contrario”, afirma Cricco en cuanto a cómo se posicionan los investigadores locales en la Red.

“Creo que esto sirve para reafirmar la buena formación, los buenos recursos humanos que salen de la Universidad Pública”, agrega. Y aclara que la diferencia con otros países no está en la capacidad humana o la generación de ideas, sino en la infraestructura y la financiación.  Más allá de esas asimetrías, “las comunidades científicas son abiertas a cooperar”.

Comenta que cada vez que envía estudiantes a un laboratorio al exterior, estos no sólo hacen un buen papel sino que son invitados a quedarse. “Eso habla de la calidad de nuestros recursos científicos. Tenemos la capacidad de competir en términos intelectuales y  de trabajo con cualquier laboratorio del mundo.”

 


  • Periodistas: Victoria Arrabal
  • Fotógrafos: Camila Casero

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