20 de Mayo 2019

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06/05/2019

Una hermandad con sus reglas

El 60% de la población detenida en Santa Fe ocupa pabellones evangélicos. Un investigador de la Universidad analiza el fenómeno.


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Desde su concepción, y como puede verse en trabajos de teóricos como Carlo Ginzburg o el propio Michel Foucault, la cuestión del encierro y su materialización en la constitución de la cárcel moderna ha estado fuertemente ligada con el dispositivo y el discurso religioso.

Argentina no es la excepción a esto, y si bien el Catolicismo en su papel de religión oficial ocupa desde hace muchos años un importante lugar en la constitución de las cárceles que forman parte de nuestro sistema penitenciario, es otro el fenómeno que ha llamado la atención de muchos investigadores e investigadoras durante los últimos 20 años. Hablamos de los denominados “pabellones evangélicos”, cuyo exponencial crecimiento puede verse evidenciado en el siguiente dato: en la actualidad, el 60% de las población detenida en la provincia de Santa Fe forma parte de uno de estos pabellones.

En la Universidad Nacional de Rosario, quien se ha mostrado interesado en este particular fenómeno es el Doctor en Comunicación Social, Mauricio Manchado, quien además de ser docente en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales e Investigador Asistente en CONICET, forma parte del equipo que lleva adelante el Programa de Educación en Cárceles, una iniciativa que apunta a que personas detenidas puedan cursar carreras terciarias y universitarias.

Los primeros acercamientos

El interés por la problemática carcelaria ha estado presente desde muy temprano en la carrera de Mauricio Manchado, quien ya en su Tesina de Grado había concretado un acercamiento al tema que ocuparía gran parte del futuro en su carrera científica: “Si bien siempre tuve interés en tema, la relación entre cárcel y religión apareció entre mientras realizaba mi Tesis Doctoral durante los años 2008 y 2013”, explica Manchado, y amplía: “Si bien en esos trabajos mi intención no era abordar el dispositivo religioso, en las entrevistas en profundidad que realizaba comencé a notar que este discurso surgía con mucho peso, sobre todo en personas que parecían abordarlo en torno a cierta pretensión resocializadora, asegurando que había sido la religión la que había salvado su transitar en la institución carcelaria y la que también les permitía proyectar un futuro distinto”.

La investigación

La investigación, que lleva por nombre “Transformaciones en las estrategias de gobierno del sistema carcelario argentino: El dispositivo religioso como táctica de gubernamentalidad sobre la población encerrada en el período 1983-2017. El caso del Servicio Penitenciario santafesino”, se desarrolló durante varios años en diferentes unidades del sistema penitenciario santafesino tales como las unidades N°3 y N°6 de la ciudad de Rosario, la Unidad N°11 de la localidad de Piñeiro y la Unidad N° 1 de la localidad de Coronda.

Para entender cómo trabaja el dispositivo religioso en el interior de las cárceles argentinas, primero es necesario entender cómo fueron constituidas las mismas. En ese sentido, Manchado explica: “Si hablamos de la prisión moderna, tenemos que remontarnos a mediados del siglo XXI y vinculando su origen a la concepción de un dispositivo ideado con el fin de corregir y enderezar conductas y en donde emerge fuertemente la necesidad de resocialización de un sujeto calificado como delincuente, moralmente malo y desviado del orden social en su conjunto y, por lo tanto, con una urgente necesidad de ser encauzado y ordenado en un dispositivo que le provee de ciertos elementos básicos tales como la educación, el trabajo o la religión a fin de facilitar el cumplimiento de dicho fin. Todo esto puede ser categorizado dentro de lo que suele ser denominado como modelo carcelario de resocialización”. Por otro lado, Manchado también da cuenta de la existencia de otro tipo de modelo que toma mucho de las denominadas <cárceles de máxima seguridad> de los Estados Unidos y al que se lo conoce como , en el cual la prisión abandona sus objetivos resocializadores y se dispone a ser una suerte de (y parafraseando a Zygmunt Bauman) “vertedero de residuos humanos” en donde se “deposita a determinados sujetos no con el fin de corregirlos sino para aislarlos y contener así esa suerte de peligro emergente para el conjunto de la sociedad”.

El caso argentino es particular dado que las cárceles toman un poco de cada modelo y es allí donde comienza a instalarse la religión, invitando a quienes están encerrados a “dejar el pasado atrás” y transformarse en un “hombre nuevo”. Sin embargo, no es el catolicismo quien ha aprovechado esta función resocializadora, sino la Iglesia Evangélica, principalmente la ramificación Pentecostal de la misma. Sobre esto, Manchado explica: “Si bien el catolicismo ha sido históricamente la religión legalizada, el evangelismo aparece como la religión legitimada en base a un trabajo territorial significativo que comenzó tras la recuperación democrática y cuyo punto de máximo crecimiento se dio tras la denominada del 2005, en donde el pabellón evangélico de dicha institución actuó ocupando un rol de regulador del conflicto, ayudando a que toda esa situación no se expanda en la cárcel”.

Discurso religioso y gubernamentalidad

Tras realizar un intenso trabajo de campo, que incluyó desde una serie de entrevistas en profundidad con quienes ocupaban cargos jerárquicos menores en el interior de los pabellones evangélicos hasta participaciones en las actividades litúrgicas, Mauricio Manchado comenzó a esbozar algunas de las principales características del discurso religioso que pregonaban los denominados <presos hermanitos>: “Lo primero que noté en el discurso religioso es que habla siempre de la necesidad de configurar un nuevo hombre. Un sujeto que antes era malo, viciado, que debe morir para poder construir uno nuevo ligado a la bondad, espiritualidad, la idea de Dios y el camino religioso”, explica Manchado, pero advierte: “Si bien esto en un principio puede parecernos potencialmente resocializador, también tiene otras aristas. Participar de un espacio religioso dentro de la cárcel a veces inhabilita a la persona de poder participar de otras actividades por fuera de la lógica de la iglesia. A veces un no puede ir a la escuela, salir a trabajar o recibir tratamientos médicos con determinadas drogas sólo porque la iglesia dispone una serie de normativas que les exigen mucho tiempo en ese espacio participando de las actividades litúrgicas o le obligan a evitar a toda costa el consumo de cierto tipo de medicamentos. Podemos decir, entonces, que en los pabellones iglesia el modelo incapacitante y el modelo resocializador dialogan de forma constante”.

Para Manchado, es clave el papel que ha jugado la Iglesia Pentecostal, principalmente a través de su discurso que lo diferencia ya no sólo del Catolicismo sino también de otras ramas del propio Evangelismo: “Creo que el pentecostalismo se ha arraigado fuertemente en sectores populares por llegar con un discurso mucho más flexible. La idea de que un preso pueda ser pastor habla de que también han sabido discursivamente generar modos de habitar mucho menos culpabilizantes. El pentecostalismo tiene eso, trabaja administrando la culpa de una manera mucho más interesante que otras ramas pero además promueve la idea de que la religión trasciende los textos y aparece más como un estilo de vida que como una serie de prácticas o doctrinas”.

Es más que evidente que el crecimiento del dispositivo religioso al interior de las cárceles no habría sido posible sin un acompañamiento de quienes están al mando de estas instituciones. En ese sentido, Manchado sugiere: “Existe una especie de ordenamiento social ligado a una serie de prohibiciones y sanciones específicas de estos espacios. Una disposición de ese ordenamiento que también se funda y se puede sostener en base a un conjunto de reciprocidades o transacciones intercarcelarias en las que las autoridades de los pabellones iglesias negocian o generan acuerdos con el servicio penitenciario para sostener ese orden. Eso permite un refuerzo de las funciones de seguridad hacia el interior de esos espacios. Le permite al servicio penitenciario de alguna manera, ciertas funciones de seguridad a los propios presos, quienes a su vez van a vigilar a otros presos”. Todo esto, para Manchado, se encuentra agravado por la idea de que “estar en un pabellón iglesia es una prueba constante que Dios pone en el camino del preso para que éste deje morir su orgullo. Es decir, si la persona antes era preso rebelde, discutía o peleaba con las autoridades, ahora tiene que aguantar las pruebas que Dios le pone en el camino, aún si estas pruebas consisten en recibir una sanción injusta o un cachetazo de un guardia penitenciario o no considerar injusta una situación que antes hubiese considerado injusta. Es cierto que estar en un pabellón iglesia le da al preso cierta seguridad al transitar el encierro, pero al mismo tiempo lo pone en una justificación de ciertas arbitrariedades del servicio”.

Para finalizar, Manchado explica: “Todo este dispositivo es una táctica de gubernamentalidad para la gestión del encierro en su afán de conducir la conducta de otros. Al servicio le interesa que estos espacios existan porque han bajado los umbrales de conflictos internos, pero también necesitan cada tanto reforzar las asimetrías del poder carcelario. El pabellón iglesia está fundado en un orden de causalidad y no casualidad, y si en su configuración actual, las cárceles muestran una reducción de la violencia intramuros, en gran parte tiene que ver con la aparición y el trabajo de estos espacios”.


  • Periodistas: Eric Monetti
  • Fotógrafos: Camila Casero