19 de Noviembre 2018

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16/10/2018

Leyendo más allá del texto escrito

¿Qué leen y cómo leen los jóvenes que ingresan a la Universidad?


Tags: universidad i+d investigación avendaño humanidades letras educación  



Si hay un estigma que ha perseguido incansablemente a jóvenes y adolescentes durante las últimas décadas es aquel que los desvincula completamente de las prácticas de lectura. Quienes sostienen esto, alegan que los jóvenes “han perdido los hábitos de lectura” y “prefieren pasar todo el día distraídos frente a una pantalla”.

Es cierto que los avances tecnológicos han posibilitado el surgimiento de nuevos medios y formatos y que el libro ya no ostenta exclusividad en su rol como objeto de consumo difusor cultura y el conocimiento. Sin embargo, este auge de transformaciones en el ecosistema de medios no implica el “fin de la era de la lectura”, sino un complejo proceso de transformación y diversificación de sus hábitos.

Con el fin de profundizar en estos procesos, el docente e investigador Fernando Avendaño encabeza una investigación en la que indaga cuáles son las prácticas de lectura de los jóvenes y adolescentes con inserción académica y cómo influyen estas durante los primeros años de su trayecto académico.

La investigación

El estudio, denominado “Las prácticas de lectura de los adolescentes con inserción académica" comenzó durante la década de los 90 y está enmarcado en una serie de investigaciones realizadas por el Centro Multidisciplinario de Estudio e Investigación de Educación, dependiente de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. Su director, Fernando Avendaño, explicó que su interés surgió cuando notó las dificultades que había en los diferentes niveles del sistema educativo a la hora de encarar la enseñanza de la Lengua y la Literatura: “A raíz de que yo trabajaba en la Universidad, me parecía importante poder pensar cómo podíamos utilizar nuestros conocimientos y herramientas en una mejora en la enseñanza de la Lengua y la Literatura”.

Como suele suceder, al avanzar con el proceso de investigación, fueron surgiendo nuevos interrogantes que hicieron que el estudio fuera diversificándose en diferentes aristas: “Empezamos a indagar en las prácticas lectoras y escritoras de los chicos y adolescentes que normalmente se reconocen como no lectores y no escritores, pero que en realidad son lectores y escritores clandestinos que leen y escriben, aunque no lo que los docentes suponen que deben leer y escribir”, explica Avendaño y agrega: “También nos interesaba saber si esas prácticas clandestinas favorecían u obturaban los procesos de aprendizaje y si eran tenidas en cuenta por los docentes o terminaban siendo silenciadas y denostadas”.

Cambio de paradigma

Es normal que el común de la gente relacione de forma casi inmediata la actividad “lectura” con el objeto “libro”. Tras indagar en las diferentes prácticas de lectura que los jóvenes y adolescentes pregonan, Avendaño invita a romper con lo que dicta el sentido común y comenzar a tener en cuenta otros medios y soportes: “Si bien todavía subsisten fanzines y revistas de circulación escolar, la lectura que nosotros detectamos en los jóvenes con inserción académica está ligada principalmente a medios digitales como WhatsApp, Instagram o Twitter”.

Sin embargo, y a pesar de su potencial beneficio, la aparición de estos nuevos soportes ha generado también un importante conflicto en todos los niveles del sistema educativo: “Tanto la escuela como la Universidad todavía se manejan con una lógica lineal del texto escrito, a la cual podemos llamar el orden de los libros. Leemos un signo a continuación de otro, de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo y esto marca una importante ruptura en la forma de leer e incorporar el conocimiento debido a que la lógica de los nuevos medios está relacionada con el manejo simultáneo de distintos tipos de signos que inclusive pueden no ser lingüísticos y requerir de una lógica que no es la de la linealidad”, explica Avendaño y profundiza: “Los docentes indican permanentemente que los chicos no entienden lo que leen, pero lo que realmente sucede es que los estudiantes tienen serias dificultades para insertarse en la lógica de la linealidad. Esto está instalado en las instituciones educativas y dificulta en sobremanera la enseñanza de la lengua y la literatura. En ese sentido nuestras investigaciones lo que hacen es poder detectar cuáles son estas causas y de qué modo uno puede intervenir”.

Para quienes participaron de la investigación, este conglomerado de situaciones es un factor condicionante a tener en cuenta fenómenos como la dificultad a la hora de encarar el primer año de educación universitaria: “Cuando los chicos ingresan a la Universidad se encuentran con una serie de textos que no acostumbran a leer. En la escuela primaria los niños leen textos pensados exclusivamente para ellos, pero cuando llega la juventud e ingresan a la Universidad, les obligan a leer textos científicos”. Esta situación se agrava aún más cuando -en pos de facilitar el proceso de lectura del alumno- se opta por elegir fotocopias, recortes o textos menos complejos: “El problema es que esos textos fáciles no provocan la lectura de textos complejos. La clave no está en trabajar contenidos que los estudiantes resuelvan con facilidad, sino en presentar cuestiones que tengan algún tipo de dificultad y ayudarlos a que logren resolverlas”, opina Avendaño.

Nuevos soportes, nuevos lenguajes

El diagnóstico provisional que se ha presentado y el surgimiento cada vez más frecuente de nuevos soportes y formatos invitan a repensar el abordaje pedagógico desde el cual deben encararse la enseñanza de la lengua y la literatura y las prácticas de lectura en los primeros años de educación universitaria.

Una de las cuestiones más importantes radica en comenzar a trabajar de forma conjunta con los diferentes lenguajes: “Nosotros hemos trabajado con muchos profesores y maestros de otros niveles y estamos cada vez más convencidos de que es sumamente necesario vincular la lectura con otros lenguajes. Tenemos que entender que leer no hace referencias exclusivas a los textos escritos. Una película se lee, una miniserie se lee, un cómic se lee. Hay modos de acercar la lectura tal como nosotros la entendemos a los modos de leer que tienen los chicos y los jóvenes y provocar una especie de sinergia entre ambos. Hay que abordar la enseñanza desde preguntándose cómo se dice en un texto escrito determinada cuestión y como eso es dicho en un texto audiovisual o qué condiciones debe respetar un texto escrito para ser comprendido y si esas condiciones cambian en un cómic o en un producto audiovisual”.

Otra parte muy importante de este proceso tiene que ver con reconocer cuáles son las prácticas y conocimientos que los estudiantes traen consigo y potenciarlas para que puedan utilizarlas como herramientas pedagógicas: “Las personas resignificamos los nuevos conocimientos a partir de los que ya disponemos, confrontándolos, relacionándolos y vinculándolos de forma permanente. Los jóvenes y adolescentes son casi expertos en leer textos cifrados en multiplicidad de códigos y eso es algo que hay que aprovechar. Es imposible pensar en incorporar nuevos conocimientos a partir de lo desconocido, así se produce el tan ponderado aprendizaje significativo”, explica Avendaño.

Uno de los conocimientos más importantes que tienen los jóvenes y adolescentes es la capacidad de utilizar los diferentes dispositivos tecnológicos como extensiones de sus propias capacidades. Para Avendaño, esta cuestión es fundamental y debe ser urgentemente abordada por quienes participan en los procesos de educación formal: “Si yo tuviera que enseñarle a leer y a escribir un chico, debería hacerlo desde el celular. No se nos puede ocurrir comprarles un libro de lectura cuando lo que tienen a mano, lo que más manejan y con lo que más se comunican es con su celular. Abordarlo desde esta perspectiva despertará mayor interés en el alumno y eso es algo que la escuela debería aprovechar”. No obstante, esta situación se encuentra ante un importante obstáculo: “Los docentes somos adultos y, por lo tanto, inmigrantes tecnológicos. La tecnología nos ha llegado tarde y esto supone algún tipo de dificultad y también implica de algún modo que uno sienta la necesidad de reconvertir su rol como docente. Históricamente el mandato de la escuela fue que las generaciones adultas inscriban en la cultura a las generaciones más jóvenes, pero las generaciones más jóvenes participan hoy en una cultura en la que los adultos no participamos. Si esto no se entiende, la escuela va a ir perdiendo cada vez más su función social, que de hecho ya lo ha hecho porque compite frente a una multiplicidad de agencias impresionante en la difusión de la cultura y la transformación del conocimiento”.

Hacia nuevas formas de aprendizaje

Según explicó Avendaño, la investigación sigue en curso y seguirá desarrollándose de forma permanente para diagnosticar e intervenir en las prácticas educativas: “Es necesario que las instituciones educativas tomen esto como un desafío y empiecen a considerar que los textos no son sólo escritos sino multimodales. Estamos antes nuevos modos que impactan en la construcción y la modificación de las relaciones sociales y esto es algo que los educadores debemos asumir y asimilar en nuestros procesos de enseñanza y de aprendizaje”.

Equipo de investigación

Participaron de la investigación Fernando Avendaño, José Goity, Carola Nin, Celeste Avendaño, Gabriela Mancini y Analía Ravenna. A ellos se suman diferentes estudiantes avanzados y graduados que colaboraron con la investigación durante su trayecto académico.


  • Periodistas: Eric Monetti
  • Fotógrafos: Camila Casero